Septiembre es el mes de los colores maduros pero entre ellos no está el «Rojo-Rosario»
El tono de la imagen de la «Sánchez dos», elegida por la astuta Armengol para endosarle el muerto de una derrota largamente anunciada, es pálido, deteriorado por la siniestra sombra de un otoño-invierno que para todos los pesoes puede ser lo más parecido a una pesadilla
Adoro los colores de septiembre. El color del mar en el noveno mes del año gregoriano es más dulce, una variedad de azules que van desde el pálido tono mañanero al profundo y terso del mediodía. Por las tardes el trayecto del sol hacia su ocaso, ya mucho más temprano, provoca irisaciones doradas que en la hora mágica del crepúsculo pueden tornarse en malvas, formando fascinantes dibujos. Septiembre es el mes de los colores maduros. Si ha llovido -en Mallorca, este año, no es el caso- la tierra antes reseca adopta unos colores ocres que invitan a los agricultores a iniciar las labores de arado, soñando ya con el verde primerizo de los primeros tallos del otoño. En setiembre el azul del cielo es más suave y las montañas se recortan, nítidas, sobre un paisaje de perfiles inéditos.
Pero entre la gama de colores nuevos del setiembre mallorquín no estará este año el «rojo Rosario».
El tono de la imagen de la «Sánchez dos», elegida por la astuta Armengol para endosarle el muerto de una derrota largamente anunciada, es pálido, deteriorado por la siniestra sombra de un otoño-invierno que para todos los pesoes puede ser lo más parecido a una pesadilla. Dado que lo último que se pierde en este mundo es la esperanza -al menos de puertas para afuera- Rosario Sánchez compareció con su sanedrín obrero y español para anunciar su hoja de ruta hacia la nada. Contemplar detrás de aquella mesa los rostros del señor Negueruela, candidato a la derrota municipal, de la propia señora Armengol vestida de verde oliva y de otros dignos representantes que no pude identificar, movía a la conmiseración. La edad no perdona y uno se convierte cada día más en un sentimental. Incluso cronistas antes adictos -por la cuenta que les tenía- no han dudado en escribir que esa chica, la Rosario, lo tiene todo en contra. Solo le faltaba el drama de Ceuta -cada día más vergonzante para el «Sánchez-uno»- para aparecer ante el electorado balear como la imagen del fracaso.
Ni una palabra sobre el tema que mayor preocupación provoca en los futuros votantes, aquí y más allá de la Dragonera y el cabo Formentor: la emigración descontrolada
El programa anunciado por Rosario Sánchez y su santa compaña para el nuevo curso puede ser todo menos original. Saturación turística -ella es secretario de Estado de Turismo, manda huevos de oca, que están a siete euros la unidad- crisis habitacional y cambio climático. Ni una palabra sobre el tema que mayor preocupación provoca en los futuros votantes, aquí y más allá de la Dragonera y el cabo Formentor: la emigración descontrolada. Porque no es solo Ceuta: la ruta argelina, que nos trae pateras repletas de esa pobre gente entregada a las mafias al empuje de su desesperación, es ya un coladero. Sebastià Sagreras, que también es de Campos, ha llamado la atención sobre la intensificación de desembarcos en la costa del Migjorn mallorquín. Sitúe usted esa imagen sobre el fondo del drama ceutí y tendrá todos los ingredientes para un caldo de cultivo de un estado de alarma del ciudadano medio mallorquín que, digamoslo de paso, se las ve y se las desea para llegar a fin de mes.
Pero la «Sánchez dos» no quiere hablar de eso y en su desgraciado estreno como candidata ha tenido que recurrir a lo de siempre. Solo le faltaba apelar al manido tema de la limitación de alquileres -que en Cataluña, donde gobiernan los suyos, ha sido un desastre, para completar un panorama de desolación que invita a la misericordia. Sabido es que la presidenta Prohens no cuenta precisamente con un equipo de «fontaneros políticos» de primera división, pero justo será admitir que la indigencia de Rosario en este sentido resulta sencillamente clamorosa.