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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El Sultán se divierte

No hay conflicto moral entre los contendientes. ¿Cómo podría haberlo? ¿Va a ser menos digno acaso el descendiente de un profeta que el yerno de un proxeneta con teléfono móvil hackeado? La partida es entre iguales

La prueba de que Ceuta –vale igual para Melilla– no es Marruecos es que los ciudadanos marroquíes se matan –literalmente, se matan– por salir de Marruecos y entrar en Ceuta. O en Melilla. No hablemos ya de Canarias. Al ritmo de ciento cuarenta y seis ahogados en una sola tacada. Al de los millares de cadáveres que devoró el mar en el correr de los años.

El Sultán, mientras tanto, se divierte. Los cadáveres animan mucho la marmórea monotonía de un teócrata. Ser linaje del Profeta y único interlocutor de Alá, debe de ser bastante duro. Y aburrido. «Diversión». RAE, tercera acepción del Diccionario: «Acción de distraer la atención y fuerzas del enemigo». Sinónimo, según la RAE: «cachondeo».

El juego del Sultán es, además, altamente rentable. Porque nadie ha sabido que al Sultán lo haya movido nunca otro incentivo que el de incrementar sin límite su pecunio. A ese tipo específico de diversión concede la RAE el nombre de «chantaje: extorsión (presión sobre alguien)». Tiene ese juego una clave imprescindible para el éxito: que el adversario a quien se aplique sume en sí los rasgos primordiales de incompetencia y cobardía. Reunidas ambas virtudes en un sujeto que tuviera a su arbitrio los presupuestos de un Estado, el Sultán no podría no saber que al alcance de sus dedos tiene un maná. Sin consunción. Un don inapreciable, sin duda, de origen celeste. Privilegios de un linaje santo.

No hay conflicto moral entre los contendientes. ¿Cómo podría haberlo? ¿Va a ser menos digno acaso el descendiente de un profeta que el yerno de un proxeneta con teléfono móvil hackeado? La partida es entre iguales. ¿Cuál de las dos progenies va a ganar la partida? ¿Alguien lo duda? De verdad y en sosiego, ¿lo ha dudado un instante nadie?

Hablemos, pues, del refinado juego del chantaje. Un extorsionador, una amenaza crítica y un pardillo encadenado a Pegasus. Los sobrevuela el rico beneficio que acumula el tapete verde de los tahúres; porque, a ver, ¿quién sería tan bobo como para meterse en todo ese esfuerzo de raptar y negociar sin un substancioso envite sobre la mesa? El juego del chantaje puede desplegarse en diversos niveles. ¿El más alto? El secuestro. De toda una ciudad. Y, a través de ella, de un Estado. Y es ése un juego que exige del chantajista álgebras negociadoras complejas. Y aún más complejas complicidades.

El arte del chantajista consiste en nunca consumar su amenaza de cercenar el cuello del secuestrado. Y sí, dar muestras suficientes de poder hacerlo. Se envía a la familia un dedo o dos del desdichado. No la cabeza, porque entonces nada habría ya de valor con lo que continuar el regateo. La cabeza cortada del caballo, en la secuencia legendaria de El Padrino, no prologa la decapitación del productor de cine renuente al favor solicitado. Sugiere lo que podría llegar a ser de él si eso que tan amablemente se le pidió no es concedido. No se corta el pescuezo a la gallina de los huevos de oro. Si es posible evitarlo. Con algo tan prosaico como dinero. Pagado al que maneja la sierra mecánica.

Poseer Ceuta no es interés prioritario del Sultán. El cual puede aparentar ser un montón de cosas. Desagradables. Pero no tonto. Su interés está en la cifra de lo que, a cambio de no poseer Ceuta, pueda embolsarse. No es pasión patriótica más o menos enloquecida; es serenidad contable. Ceuta marroquí acabaría por ser un harapo más en la harapienta economía del sultanato. Poco beneficio –a la larga– obtendría de eso el sacro «comendador de los creyentes». Porque Ceuta –nadie se deje engañar por las retóricas– le es rentable a Marruecos en la medida sólo en que no es Marruecos.

¿Hasta dónde llega un chantaje? Dicen los clásicos que el derecho de alguien llega tan lejos sólo cuanto llega su potencia. Pues eso.