Un plan B para la inteligencia artificial
Los dramáticos vaticinios sobre la desaparición de profesiones enteras serán, probablemente, una exageración. Siempre será necesaria la intervención humana, aunque esto hace pensar que serán más valiosos trabajadores con experiencia y que puedan revisar críticamente el resultado del trabajo de la IA
La inteligencia artificial ha evidenciado ya su capacidad de provocar una disrupción profunda en el modo en que trabajamos y en el modelo de negocio de las empresas, permitiendo claras mejoras de eficiencia y productividad.
Anticipar el alcance de las transformaciones por llegar es imposible. Lo que la inteligencia artificial puede hacer cambia a gran velocidad y sólo podemos estar seguros de que muy pronto será capaz de ejecutar tareas que actualmente nos parecen inimaginables.
Además, no está ni estará sola. Otras transformaciones de la mano de la tecnología van a provocar cambios igualmente relevantes. Por citar sólo las más relevantes podríamos mencionar la automatización, la robotización «humanoide o la computación cuántica».
Es evidente que las nuevas tecnologías provocarán un profundo cambio en el empleo. Por un lado, tareas que actualmente requieren un elevado número de empleados van a dejar de requerirlos, bastando con algunos que sean capaces de guiar, entrenar y corregir (revisar) a la inteligencia artificial.
Para Occidente, es una gran noticia pues nos ayudará, en parte, a suplir el gap que dejará la jubilación masiva de millones de baby boomers pero, por otro lado, supone una amenaza para los profesionales más jóvenes.
Por otro lado, los perfiles profesionales demandados cambiarán por completo. Nadie contratará a empleados que no sean capaces de llegar al máximo de su potencial a través del uso de las nuevas tecnologías y, en particular, de la inteligencia artificial.
Las empresas tienen ante sí una elección moral: pueden optar por reinvertir en sus propios empleados para capacitarlos para trabajar en el nuevo entorno (re-skilling, up-skilling) o jubilarlos o prejubilarlos para contratar trabajadores más jóvenes, probablemente menos costosos, y con la capacitación adecuada.
En la medida en que no habrá tantos empleados con la formación necesaria como para cubrir la enorme demanda empresarial, esta «actualización» de la plantilla actual será probablemente inevitable, al menos parcialmente.
Los dramáticos vaticinios sobre la desaparición de profesiones enteras serán, probablemente, una exageración. Siempre será necesaria la intervención humana, aunque esto hace pensar que serán más valiosos trabajadores con experiencia y que puedan revisar críticamente el resultado del trabajo de la IA frente a trabajadores carentes de ella.
En todo caso, cambiará radicalmente el volumen de trabajadores necesario para la realización de ciertas actividades.
El balance final será, como ha sucedido con las grandes transformaciones de la humanidad, globalmente positivo. Se perderán muchos empleos y negocios pero surgirán otros nuevos, incluso en mayor número.
El reto es que ese resultado final puede tardar algún tiempo en alcanzarse y existen importantes «riesgos de transición» para las personas y las sociedades.
Los poderes públicos tienen que estar listos para asegurar que esa transición se produzca con las menores fricciones posibles, y esto puede implicar alguna fórmula de «renta universal» que ayude a quienes pierdan o no consigan encontrar un empleo y también la capacidad de proporcionarles la formación adecuada para el «nuevo mundo». ¿Alguien está trabajando seriamente en esto?
- Francisco Uría Fernández es profesor en Cunef Universidad