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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

¿A cuánto está el kilo de presidente en el zoco de Rabat?

Sánchez, por contra, se ha hecho cómplice del invasor como si trabajara para asentarlos en la Ceuta tomada para que, a modo de quinta columna, subvierta la convivencia de cara a su entrega a plazos

Hace años, quien fuera ministro de UCD, el democristiano, Iñigo Cavero, confesaba que, «cuando nos nombran algo, nos pegan un perdigonazo en el ala y no volvemos a volar igual», en una muestra de recuperación de la lucidez tras apearse del coche oficial. Algo así ha debido ocurrir con dos exministros de Sánchez como Josep Borrell y Arancha González Laya, titulares sucesivos de la cartera de Asuntos Exteriores y cuyas cabezas obsequió al separatismo catalán y al expansionismo marroquí. A esos intereses rastreros sirve con abnegación Sánchez por no dimitir del cargo, pero sí de sus deberes.

De ahí que, en su vileza, luego de rendir la frontera de Ceuta a los 80.000 hijos de Mohamed VI de la «marcha azul» del 30 de julio y eximir de ello al sultán ante el que se postra de hinojos, Sánchez atribuya al presidente de la ciudad autónoma el caos originado por la invasión consentida por él. Cual Poncio Pilatos, se lava las manos cuando le inquieren al respecto los periodistas y replica altivo: «Pregunten a Vivas», después de 50 días de desidia y de culto a su cuerpo para que su beldad de tiktoker no se arrugue al ser un bien patrimonial a preservar por encima (y a costa) del de la nación.

Empero, el menospreciado está obrando con la inteligencia del «sastrecillo valiente» del cuento de los hermanos Grimm. Frente a la dificultad, el pequeño Vivas se ha ido agigantando al saber liderar a los ceutíes en la encrucijada más difícil de su historia reciente y agitar su causa hasta desperezar a la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, cuyo «Ceuta es Europa» puede tener, en su obviedad, unos efectos disuasorios con Marruecos que, en 2027, debe renovar el Acuerdo de Asociación Preferente.

Para más inri, 'Noverdad' Sánchez ha sido desnudado por estos dos exministros. Borrell con respecto a la paralizada «ley de nietos» tras ser adulterada por una instrucción ministerial bajo la firma de Sofía Puente, hermana del ministro broncas de Sánchez, para que voten los descendientes de supuestos exiliados de Franco que marcharon fuera incluso cuando este debía estar aún en la Academia Militar. Y Laya con relación a la naturaleza de la expedición que desembarcó en Ceuta aprovechando lo que, en la práctica, derivó en una jornada de fronteras abiertas con la que Sánchez quiso sumarse a la Fiesta del Trono, mientras sus ministros cumplimentaban a la embajadora alauita.

De un lado, Borrell ha aclarado que «derecho a voto y nacionalidad no van juntos», citando ejemplos europeos como el alemán, pese a la arremetida socialista contra el Tribunal Supremo por suspender cautelarmente la inscripción en el censo electoral de los nuevos oriundos. Todo ello adobado con invectivas de grueso calibre como las de «salvapatrias que están haciendo lo imposible para derrocar a este gobierno» o «lobos solitarios» asimilándolos a terroristas yihadistas. Y de otro Laya ha reconocido abiertamente que Marruecos ha usado ese contingente de 80.000 personas para emprender contra España una guerra híbrida como la que el resto de Europa padece a este y a oeste, si bien el vecino del sur se beneficia de un trato deferente que le reporta ingentes ayudas comunitarias y españolas, así como facilidades para sus productos agrarios y pesqueros.

Con su testa bajo el brazo, pero sin perder el sentido de la realidad, tras segársela Sánchez por exigencia de Mohamed VI al detectarse la presencia del líder del Frente Polisario, Brahím Ghali, en un hospital de Logroño, la antecesora de Albares ha manifestado al Diario de Navarra: «Nosotros no estamos haciendo la guerra, pero nos la están haciendo claramente. Y nos la hacen cada vez que (…) envían personas para violentar las fronteras externas de la Unión Europea (…) Y violar las fronteras y la integridad territorial es una línea muy roja que no deberíamos pasar.».

Sin embargo, cuando Bielorrusia –satélite de Rusia– organizó una avalancha de emigrantes para turbar Polonia, Letonia y Lituania, sus mandatarios reclamaron y obtuvieron el auxilio de la Comisión Europea para frenar esa maniobra de desestabilización. Sánchez, por contra, se ha hecho cómplice del invasor como si trabajara para asentarlos en la Ceuta tomada para que, a modo de quinta columna, subvierta la convivencia de cara a su entrega a plazos. De ahí que exonere al régimen de Mohamed VI circunscribiendo la trasgresión a lance emigratorio en contra de los informes de la Inteligencia española y del sentido común debiendo ser la presidenta de la Comisión Europea la que alerte de lo que Sánchez encubre anunciando una ley de emergencia que acelere expulsiones ante ataques migratorios.

Algo que ni por asomo ha solicitado Sánchez tras sufrir España de Marruecos el mayor ataque externo a su unidad nacional después de cederle el Sáhara Occidental tras el hackeo del teléfono presidencial a raíz del «affaire Ghali». Si Sánchez –y con él los europarlamentarios socialistas operando como gran lobby marroquí– no tuviera puesto precio en el zoco de Rabat, ¿cómo iba a supeditarse hasta ese extremo al irredentismo alauita?

Lo cierto es que, después de hacer de cobertor de las vergüenzas de la teocracia marroquí y de defensor de acuerdos de pesca tumbados por la justicia europea que son lesivos para los marineros españoles, Sánchez rebasa otra raya roja con la dación de Ceuta y Melilla. A este fin, el CIS del inasequible Tezanos comienza a regar la plaza con encuestas en las que no pregunta por la gestión del Gobierno sobre Ceuta, sino sobre la influencia de terceros países como EE.UU. e Israel, o si tiene una «situación ambigua» alimentando la especie de que, por radicar en el norte de África, debieran ser marroquíes.

De esta guisa, el malversador de vaticinios trata de asimilar nación y continente, lo que obligaría a Portugal, a Francia o a Inglaterra, a perder parte de sus territorios, cuando aquí lo que se pretende es donar dos ciudades españolas a Marruecos previas a la existencia del reino magrebí. Ello conferiría de paso al vecino del sur una posición preeminente en el Estrecho de Gibraltar y cuya importancia explica, en último instancia, que el Reino Unido no haya devuelto Gibraltar a España contra las resoluciones de la ONU al cobijar en ese privilegiado emplazamiento una base de submarinos nucleares. Por eso, el servilismo de Sánchez sólo puede obedecer al precio que cuelga de su peana.

En consecuencia, se entiende que, al igual que le inquietan las investigaciones judiciales sobre la financiación del PSOE, no le llegue la camisa al cuello con las pesquisas de la juez Tardón sobre quién sufragó la invasión de Ceuta, así como la connivencia del Gobierno. No en vano, el quid de una cuestión de ese fuselaje estriba en seguirle la pista al dinero –como prueban los patrimonios amasados por los dirigentes del PSOE sirviendo a Marruecos– incluido averiguar cuánto vale el kilo de presidente español en el zoco de Rabat y cuál es su «colchón de intereses». Buen momento ahora que, como en la canción My way de Frank Sinatra, «And now, the end is near» («Y ahora, el final se acerca»).