Sánchez y el síndrome de Sinatra
Hay un momento en que el público de repente vira, se harta de un personaje y le da la espalda abruptamente
El público es voluble e impredecible. Sus cambios de humor son súbitos y aparentemente caprichosos. Es lo que podríamos definir como el síndrome de Sinatra.
En 1942 y 1943, un joven italoamericano en la veintena y su promotor, George B. Evans, inventaron el fenómeno de las fans. Aunque había pesado seis kilos al nacer, el físico de aquel cantante de perfecta voz de barítono no era muy impresionante: un flaco huesudo de orejas prominentes y 1.70 de talla, aunque con una cara llamativa de intensos ojos azules. Era el hijo único de Marty, un bombero y boxeador fracasado llegado de Sicilia, y de Dolly Garaventa, nacida en Génova, una enérgica activista demócrata y partera, que lo criaron en la fe católica. Vivían en Hoboken, en la orilla de New Jersey del Hudson, y el padrino del niño era un viejo amigo de la familia, el mafioso Willie Moretti, un lugarteniente de Frank Costello, que sería asesinado por los suyos en 1951 por temor a que los delatase.
Sinatra inicia su carrera cantando en la orquesta de Tommy Dorsey, capitán de una de las grandes big band de la era del swing. Dorsey, que le ha enseñado a plantarse con clase sobre un escenario, se resiste a soltar a su joven talento. Pero un emisario de Moretti le da un aviso irresistible en septiembre de 1942. Frank ya puede volar solo. Nace entonces el fenómeno de la «sinatramanía», con jovencísimas admiradoras enfebrecidas que reciben el apodo de las bobby-soxer.
El 30 de diciembre de 1942, a sus 27 años, Frankie desembarca en el Paramount Theatre de Manhattan. El éxito es tal que los conciertos se prolongan cuatro semanas. Dos años después, en octubre de 1944, vuelve al mismo teatro y en la calle se agolpan 35.000 personas sin entrada, que quieren pasar. Se monta una enorme gresca, que los periódicos titulan como «La Gran Pelea del Día de Colón». Sinatra es el joven dios de América. Está en todas partes.
Pero el favor del pueblo es caprichoso. A finales de los años cuarenta, la estrella de Sinatra comienza a declinar de modo abrupto. Sus jóvenes admiradoras ya están en otras cosas y él comete errores. Evita combatir en la II Guerra Mundial con una baja médica. En 1946 siembra polémica al acudir a una conferencia de mafiosos organizada por Lucky Luciano en La Habana. Arruina su imagen de hombre de familia con su explosivo amorío con la fascinante Ava Gadner y el consiguiente divorcio. Sufre problemas muy severos de garganta. En 1950 muere su mánager George Evans. Las ventas de los discos se hunden. Los teatros se vacían. En Las Vegas se queda en media entrada y en un concierto en Chicago con 1.200 butacas solo vende 150 entradas. En 1952, la discográfica Columbia lo despide. Es el último clavo en el ataúd del hombre que solo diez años antes era un ídolo de masas invencible.
Por supuesto Sánchez no es a la política lo que Sinatra a la canción (más bien sería Cañita Brava, o el contorsionista de Boney M). Pero la metáfora sirve. Un día, y sin que se sepa muy bien la razón, el público se harta de un personaje. El escritor de una novela súper ventas que luego ya no logra repetir jamás su éxito. La actriz favorita de todos los directores que de repente cae en el más duro olvido… Para Sánchez, ese momento en que el suelo se hunde ha sido Ceuta.
Ya había dado sobradas muestras de una peligrosa incompetencia: dejó sin luz a España y Portugal, fue incapaz de detener a Puigdemont en Barcelona (o no quiso), ha dejado sin gastar miles de millones de fondos europeos por pura ineptitud, se puso de canto ante la dana y los incendios... Pero nada de eso encorajinó al pueblo español del modo en que lo ha hecho la invasión de Ceuta y el abandono en que está sumida la ciudad. El Gobierno prometió que sería devuelto hasta el último de los invasores y cada día vemos unos enormes campamentos chabolistas ocupando las playas de una capital española. Esas imágenes muestran de manera demoledora que el rey estaba desnudo, que Sánchez es lo que parecía, un altanero bluff. Ceuta lo ha machacado.
(Por cierto, el cuento de Sinatra acaba bien. En 1953 protagonizó la mayor operación retorno de la historia. Se reinventó y murió como un mito. La historia de Sánchez no tendrá final feliz. Puede darse por contento si en un futuro evita el banquillo).