De excursión en Nueva York
Hemos puesto el foco sobre el bote de gas pimienta y no parece indignarnos lo más mínimo que la presidenta del Congreso, parte sustancial del Poder Legislativo, representante de la tercera institución del Estado, haya dado razones suficientes para hacernos creer que es un mero lacayo sin criterio a las órdenes del Poder Ejecutivo
Temo que nos quedemos en la anécdota: una diputada del Partido Popular expulsada del hemiciclo, con efecto retardado, porque ha mostrado ante sus señorías un bote de gas pimienta similar al que las niñas y mujeres –sospecho que también niños y no tan niños– se ven obligadas a llevar consigo en Ceuta cada vez que salen a la calle. Si lo hacemos –y toda la claque que baila a las órdenes de la Moncloa va a emplearse a fondo para que lo hagamos– estaremos mirando al dedo y no a la luna.
Será discutible que sea procedente o necesario mostrar una supuesta arma en el Congreso. Tanto como colocar balas o adoquines sobre la tribuna o enfundarse en camisetas reivindicativas de dudoso gusto que, en aras de la amplísima libertad de expresión de la que gozan nuestros representantes políticos, a nadie parecieron molestar en su día. En el parlamento, la razón se reivindica y defiende con la palabra, con el argumento. No es un plató, aunque las sesiones de control se asemejen en más ocasiones de las que es deseable a una performance televisiva. Aunque, como ha ocurrido esta misma semana, alguna encierre la virtud de colocar al gobierno al que los diputados están obligados a fiscalizar ante una verdad incómoda.
Lo aprovechable del show de este miércoles es la denuncia de una realidad pavorosa: en una parte del territorio nacional, la democracia no existe, porque no están garantizados los derechos y libertades constitucionales de los habitantes. En una ciudad de España que sufre el efecto de una invasión que el Estado no ha sabido o querido evitar ni paliar, el gobierno es incapaz de asegurar, no ya la ley ni el libre albedrío, sino la más mínima seguridad de sus ciudadanos. Si el gas pimienta es un arma, como ha dictaminado la presidenta del Congreso, ha quedado meridianamente claro que en Ceuta no pueden salir a la calle si no van armados. Digno del salvaje oeste. Esa es la denuncia que ha hecho Ana Vázquez y que ha cobrado relevancia gracias al torpe proceder de Francina Armengol. Esto es lo que tendría que ocuparnos y preocuparnos. Lamentablemente, nada más lejos de la realidad.
Hemos puesto el foco sobre el bote de gas pimienta y no parece indignarnos lo más mínimo que la presidenta del Congreso, parte sustancial del Poder Legislativo, representante de la tercera institución del Estado, haya dado razones suficientes para hacernos creer que es un mero lacayo sin criterio a las órdenes del Poder Ejecutivo. Como tampoco ha suscitado el más mínimo cuestionamiento la última excursión del presidente del gobierno a Nueva York. Con una de sus ciudades sitiada e insegura, acosado y bajo una dependencia extrema de un país vecino abiertamente hostil, con su partido sujeto a una exhaustiva investigación judicial, no ya por corrupción, que a estas alturas parece una acusación baladí, sino por urdir un supuesto pucherazo y por sondear la colaboración de una banda de narcotraficantes para acallar a una magistrada, Pedro Sánchez ha hecho de nuevo las maletas. No parece que haya ido descansar. Solo quería hacerse una foto con el alcalde. Vivir para ver.