Fundado en 1910
Pasen y leanGonzalo Cabello de los Cobos

Acampedo en Sol

Hay una parte de la juventud tan castigada que está dispuesta a reventar un sistema que no comprende para sustituirlo por una fantasía que desconoce. Y que probablemente prefiere no conocer, porque descubriría que muchos de ellos saldrían perdiendo con el cambio

Recuerdo una tradición de mi primera juventud. Consistía en irme de acampada en verano con unos cuantos amigos y unas cuantas botellas, y agarrarnos una buena cogorza al calor de la hoguera. Éramos jóvenes e idiotas. Bailábamos y aullábamos a la luna sin necesidad de subir nada a las redes sociales. Lo llamábamos acampedo. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

Por eso me sorprende ver estos días a tanta gente entrada en años haciendo acampedo en la Puerta del Sol. Veteranos del 15-M con canas en las rastas, mezclados con chavales que en 2011 llevaban Huggies DryNites. Ya quedan menos, gracias a la bendita lluvia que todo lo purifica, pero ha sido curioso observar la fauna que se ha concentrado esta semana en el kilómetro cero. Una pequeña jungla humana dividida en facciones, cada una con sus propios códigos y todas con muchas ganas de pasarlo en grande.

Según parece, en algunas tiendas de campaña han aparecido cuchillos y adoquines. No pasa nada. Al parecer, la libertad de manifestarse de esta buena gente está siempre por encima del derecho del resto de los ciudadanos a usar una de las plazas más importantes de Madrid. Lo fundamental es que estos señores con anillos en la nariz puedan acampar a sus anchas, para regocijo de los madrileños de a pie y, sobre todo, de los comerciantes de Sol, que estos días han perdido un dineral gracias a los inquignados. Claro que, para ellos, comerciantes y empresarios no son más que bestias especuladoras.

Basta con escuchar a algunos de los participantes. Una portavoz del Sindicato de Inquilinas defendía estos días que hay que «acabar con el rentismo», y se quedó tan ancha, oiga. Otra proponía volver al trueque y cerrar los supermercados porque ella «no había elegido nacer». En fin.

Hasta aquí, todo podría quedarse en una broma. El problema es que detrás de estas ocurrencias y de la aparente diversión hay algo bastante más serio.

Detrás de los del acampedo hay gente que piensa. Mal, en mi opinión, pero piensa. Lo de acabar con el rentismo puede sonarnos a chiste, pero hay quien se lo toma muy en serio. Y una vez aceptas que cobrar una renta por algo que es tuyo es injusto en sí mismo, no hay motivo para detenerse en los alquileres. El siguiente debate serán las herencias y, después, la propiedad privada. Y entonces nos reiremos menos.

Esto ya no va de montar otro 15-M para que salga otro Pablo Iglesias dispuesto a utilizarlo como catalizador de sus ambiciones políticas y económicas. Lo de ahora tiene raíces más hondas. Hay una generación muy frustrada a la que están convenciendo de que lo que falla no son algunas piezas del sistema, eso también lo pienso yo, sino el sistema en su totalidad. En 2011, al principio por lo menos, había gente indignada de todas las ideologías. Ahora no. Ahora lo que hay es gente absolutamente radicalizada. Cosa comprensible si tenemos en cuenta que de niños les prometieron que, si querían, podían. Luego crecieron y descubrieron que no era verdad, que les habían mentido descaradamente. Por eso están tan cabreados.

Me da bastante igual quién consiga convertir toda esta impotencia en votos. Lo intentarán Pedro Sánchez, que lleva años sin resolver el problema de la vivienda, Podemos y supongo que unos cuantos más, Yoli mediante. Lo que me inquieta es otra cosa.

Hay una parte de la juventud tan castigada que está dispuesta a reventar un sistema que no comprende para sustituirlo por una fantasía que desconoce. Y que probablemente prefiere no conocer, porque descubriría que muchos de ellos saldrían perdiendo con el cambio.

A partir de aquí pueden pasar dos cosas. Puede que la lluvia, el frío y el paso de los días se lleven el acampedo por delante. O puede que aparezca algún listillo dispuesto a sacarle partido.

Lo segundo ya lo vimos una vez y no salió especialmente bien para los indignados. Los que iban a «asaltar los cielos» acabaron asaltando la caja y alguna que otra cama, y no cambiaron nada de lo que dijeron que iban a cambiar. Un clásico.

Pero esta vez hay una diferencia, porque los del acampedo no son exactamente los mismos. Se trata de una izquierda mucho más radical, más enfadada y, precisamente por eso, más difícil de controlar. Una masa de gente alimentada de odio durante años para poder manipularla a placer. Hoy parecen inofensivos con sus tiendas de campaña, sus porros, sus asambleas, sus pancartas y sus portavoces diciendo chorradas delante de un micrófono. Pero sería un error pensar que esto se va a quedar aquí.

Si algún politicastro o proyecto de politicastro con aspiraciones decide utilizarlos, allá él. Puede que durante un tiempo le salga bien. Lo complicado vendrá después, cuando tenga que explicarles que ya han cumplido su función, que pueden recoger la tienda e irse a casa y que, al final, todo va a seguir más o menos igual que antes para ellos, pero no para él, claro.

Yo tendría cuidado con manipular a esta gente. No todo el mundo tiene la suerte de ser Pablo Iglesias.

comentarios

Más de Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez

tracking

Compartir

Herramientas