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Pasen y leanGonzalo Cabello de los Cobos

Cosas que detesto

¿Para qué quiere un vídeo de pésima calidad que no volverá a ver en su vida? Que se olvide de Instagram. En un partido de fútbol hay veinte mil personas grabando exactamente lo mismo. Que use los ojos, y se sorprenderá

El pasado viernes ya hablé de política y por esta semana creo que es suficiente. Hoy, domingo, voy a contarles algunas de las cosas que detesto, para que vayamos conociéndonos mejor y comprueben si coincidimos en alguna.

Es probable que me deje muchas y, sobre todo, a mucha gente. Pero si no empiezo, no terminaré nunca. Vamos a ello.

Los pantalones cortos en los hombres. Aquellos incautos que me hayan leído alguna vez ya lo saben. Pasados los treinta, un hombre no debería llevar pantalón corto salvo que la situación sea realmente crítica. El mundo no merece contemplar nuestras pantorrillas peludas: ahorrémosle esa carga, que bastantes problemas tiene ya.

Los pies masculinos. Son inaceptables. No tengo mucho más que añadir. Que puedan enseñarse en público sin sentir vergüenza debería hacernos reflexionar como sociedad.

Detesto profundamente a quienes graban vídeos en los acontecimientos multitudinarios. Un concierto, por ejemplo. O en el circo. Vamos a ver: si uno ha ido a ver algo, que guarde el móvil y mire. ¿Para qué quiere un vídeo de pésima calidad que no volverá a ver en su vida? Que se olvide de Instagram. En un partido de fútbol hay veinte mil personas grabando exactamente lo mismo. Que use los ojos, y se sorprenderá.

Y las colas. Detesto las colas, pero sobre todo esas colas voluntarias que se forman porque alguien ha decidido que merece la pena perder dos horas de su vida comprando algo que ha visto en Instagram. He llegado a ver colas que daban la vuelta a la manzana porque una pastelería había sacado un pastelito de fresa que, casualmente, una influencer había descubierto esa mañana y considerado imprescindible compartir con sus seguidores. Aunque, ahora que lo pienso, esto no me molesta tanto. Esa gente se merece una cola muy larga.

La gente oficialmente graciosa. Un espécimen peligrosísimo. En algún momento alguien le dijo que era muy gracioso y desde entonces se ve incapaz de abandonar el personaje. Es imposible mantener con él una conversación normal, porque vive pendiente de su siguiente gracieta. Los graciosos institucionales me dan ansiedad porque sé que cuando no hacen gracia lo pasan realmente mal. Sufren.

La gente que grita. Esa que intenta imponerse en una conversación no por lo que dice, sino por el volumen. Si no es el centro de atención, no es feliz. Todos ustedes conocen a alguien así. Y les cae mal. Sean sinceros. Además, suelen escupir.

También detesto a quienes jamás preguntan cómo estás. Uno les pregunta, ellos cuentan su vida durante una hora y, cuando por fin consigue decir algo, descubre que no le están escuchando, que simplemente esperan a que termine para poder seguir hablando de sí mismos. Me repatean.

Peores incluso son quienes interrumpen un acto público para contar algo privado. Están ustedes en una boda, una cena o una fiesta, pasándolo estupendamente, y de pronto alguien decide que ha llegado su momento de brillar. Manda callar a todo el mundo, coge un micrófono y anuncia que ha escrito una poesía. Creo sinceramente que estas conductas deberían llevar aparejado algún castigo de tipo medieval. No nos interesa su poesía. Lo estábamos pasando bien. No molesten.

Acabar de comer y que nadie retire nada. Uno termina el segundo plato y los restos siguen ahí hasta que se solapan con el postre. Me molesta profundamente que haya gente que no perciba lo incómodo que resulta hablar del estrecho de Ormuz con el esqueleto de un lenguado enfrente. Dentro de esta categoría, más doméstica, eso sí, lo verdaderamente intolerable son las alitas de pollo. Dan mucho gusto cuando llegan y son repugnantes cuando uno acaba con ellas. Hay que recoger la mesa inmediatamente y terminar con el sufrimiento.

Y ya que hablamos de Ormuz, la gente que escucha la radio por la mañana y por la tarde repite la opinión de turno, la hace suya e intenta convencerte de que pensar eso es lo correcto. Yo los llamo «personas puente», ya que entre la información que reciben y la que transmiten no hay un solo bache que altere el mensaje. En este saco podemos meter a muchos tertulianos, a Bolaños y a Patxi López. Este último es quizá el ejemplar más representativo de la especie.

Las personas que están muy seguras de todo. Saben las cosas porque sí, no porque hayan estudiado el asunto ni porque tengan una fuente fiable. No contrastan nada ni saben nada. Critican mucho, además. A estos es dificilísimo hacerles cambiar de opinión. Son los universalmente conocidos como tontos.

Y, por encima de todo, detesto la palabra «resiliencia». No puedo más. Empezó a pegar fuerte durante la pandemia y ya no hay quien la pare: políticos, tertulianos, periodistas y, sobre todo, posteadores profesionales de LinkedIn. Como vuelva a leer a alguien contando que se le quedó la moto sin batería camino del trabajo y que, gracias a su resiliencia y a su capacidad de liderazgo, consiguió pedir un taxi y llegar solo cinco minutos tarde a su reunión, me da un infarto. Lo prometo.

Y así seguiría eternamente, pero ustedes tienen cosas que hacer y yo también. Si les ha gustado, haré una segunda entrega en la que por supuesto incluiré la palabra «holístico». Pero eso será otro día. Pasen un feliz domingo.

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