Confesiones de un papardo en Comillas
Quizás una muestra muda de ese carácter sea cerrar todos los negocios en cuanto los madrileños hacemos acto de presencia en el pueblo. Aquí nos llaman papardos, por un pez que recala en la costa cada verano, arrasa con lo que encuentra y desaparece en septiembre. No se me ocurre nada más exacto
La situación es crítica. Si el año pasado me quejaba en Y entonces llegaron las bermudas de lo que estábamos viviendo en Comillas, hoy no me queda más remedio que seguir ahondando en una herida que supura cada vez más fuerte.
Puedo tolerar muchas cosas. Que un trenecito turístico con un coste de 3,50 euros surque el pueblo a 12 km/h mientras hordas enfurecidas de veraneantes se sulfuran en su cola, que los pantalones cortos hayan dejado de ser una anécdota para convertirse en un imperativo legal o que los hombres lleven riñonera o bolso como complemento a modo bandolera o en plan señorona octogenaria yendo a Misa de 11. Qué quieren que les diga. A veces en la vida hay que seguir adelante.
Lo que no puedo tolerar es que Comillas se haya convertido en una especie de parque temático donde la diversión no está asegurada.
Esto es una misiva para todos aquellos que desde alguna de las cuatro torres se han imaginado a sí mismos, mientras estructuraban un modelo de Excel, comprando una segunda vivienda en esta villa. Los invito a replantearse el asunto y a pensarse mucho si deben invertir un dineral en una casa que solo visitarán veinte o treinta días al año. Y lo digo por una sencilla razón: aquí ya no se cabe.
Comencé a darme cuenta un año que fui a la playa y, sorprendido, creí estar inmerso en un viaje de ácido lisérgico. Algunos de ustedes, los más sabios, pensarán que cómo se me ocurre ir a la playa; a todos ellos, queridos amigos, les digo que es una coyuntura que debo soportar en pos de mi matrimonio y, ahora, de la sana crianza de mis hijos.
La cuestión es que ese año, 2021 concretamente, puse un pie en la libidinosa arena y mi sorpresa fue mayúscula cuando creí encontrarme en algún lugar no definido del Levante español. Uno de esos sitios que salen en los telediarios en los que algún cámara risueño no duda en mostrar los pechos de alguna jovencita, y para compensar el buen ánimo de los televidentes, los de alguna señora entrada en carnes que, mientras habla a cámara contando lo feliz que es, mastica con la boca abierta algún tipo de embutido dándole codazos a su cuñada.
Y la masificación no solo ha llegado a mi temida playa. Ayer mismo llamé a un restaurante al que voy todos los veranos para pedir mesa y tuve la misma sensación que debió tener Patrick Bateman cuando solicitó muy seriamente una mesa en el Dorsia de Nueva York. Ante mi amable solicitud telefónica, la persona responsable de atenderme emitió una leve carcajada y me dijo que el primer hueco libre era para el 29 de agosto, y dentro. Yo me quedé algo perplejo y pensé en eso que dicen algunos, que los restaurantes son lugares en los que la gente es feliz.
Y esta es la tónica habitual de este pueblo y sus alrededores. En agosto no hay nada que reservar si no has tenido el cuidado de hacerlo en mayo, ni nada con lo que refrescarte el gaznate por la noche a no ser que sea en tu casa o, en su defecto, en la de algún amigo comprensivo. Comillas, lugar en el que antaño podías divertirte hasta las 7 de la mañana, si es que esa era tu pretensión, se ha convertido hoy en un velatorio abierto en horario infantil.
Así que, querido nuevo posible comprador, sépalo: aquí, si quiere tomarse algo que le alegre el corazón o cenar un día de improviso con un grupo de amigos, olvídese. Eso ya no existe.
Este es el panorama. Hemos pasado de un pueblo con poca gente, en el que los niños comían pipas en la plaza mientras sus padres los vigilaban desde la terraza de un bar, a un bazar de las aspiraciones en el que todo el mundo compra una casa cada vez más grande pensando que muy probablemente acabará ganando algún misterioso bote.
Y luego está lo que se construye. Eso merecería un capítulo aparte. Comillas tenía una virtud de la que ni sus propios vecinos presumían: se parecía a sí misma. Piedra, teja roja, aleros, galerías acristaladas para ver llover...
Hasta que alguien decidió que no. Hay promotores a los que la villa en la que Gaudí levantó El Capricho les ha parecido el sitio idóneo para plantar un bloque de tejado plano, terraza con barandilla de cristal y fachada en dos tonos, amarillo y ladrillo, esa gama cromática que en España se reserva para las naves de polígono.
Y lo peor no es el edificio. Lo peor es que se vendió entero antes de que nos diéramos cuenta. En los tendederos ya se atisba la ropa interior de los nuevos inquilinos, que la airean sin ningún tipo de decoro para que todo el mundo pueda verla.
Mientras tanto, nuestros amigos cántabros, que tan cálidamente nos reciben cada verano, permanecen en un mutismo atónito ante este estado de cosas. Si bien el «prao» que la tía Fermina dejó en herencia a sus sobrinos ha multiplicado su precio por una cifra que ni ella ni sus sobrinos podrían haber imaginado hace diez años, sigo teniendo la sensación de que los oriundos de por aquí no acaban de dar crédito y cada vez que pasamos cuchichean divertidos sobre nuestras evidentes limitaciones.
Quizás una muestra muda de ese carácter sea cerrar todos los negocios en cuanto los madrileños hacemos acto de presencia en el pueblo. Aquí nos llaman papardos, por un pez que recala en la costa cada verano, arrasa con lo que encuentra y desaparece en septiembre. No se me ocurre nada más exacto.
Por eso quedan tan pocos sitios a los que ir. Tanto es así que los propietarios de uno de mis lugares preferidos de la zona, Cofiño (Caviedes), han decidido directamente no dar cenas. Algo sorprendente si tenemos en cuenta que, si quisieran subir los precios un 30 %, los veraneantes, ávidos de nuevas sensaciones, lo pagarían sin inmutarse.
En fin, les cuento esto porque me da pena. Se me ha ocurrido durante el trayecto a la playa: media hora de atasco, con sus caravanas y ciclistas de rigor, para acabar en una zona de playa a la que hay que acceder precipitando el coche por un acantilado, con mujer e hijos incluidos. Todo por un baño.
Si ustedes supieran lo que era esto hace treinta años. Era un paraíso donde no había riñoneras ni chucu chucus a 3,50 euros. Lo único que me reconforta es pensar que, a fin de cuentas, siempre ha habido arena en la playa.
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista