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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

¡Yo con Begoña! y otras canciones

Patxi López terminó su actuación con un grito que, según él, ya corea todo el mundo: «¡Yo con Begoña!». Lo proclamó con la convicción de quien cree estar pronunciando una frase destinada a pasar a la historia. Después abandonó la pista satisfecho, convencido de haber cumplido con su papel

El pasado miércoles hubo doble función en el circo del Congreso de los Diputados. Hubo de todo: payasos, como Patxi López o Félix Bolaños; acróbatas, como Pedro Sánchez; fieras, como Óscar Puente; prestidigitadores, como Gabriel Rufián; y lanzadores de cuchillos, como Santiago Abascal o Alberto Núñez Feijóo. Fue entretenido.

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El Debate (Asistido por IA)

Es verdad que no pude verlo al completo porque tengo la mala costumbre de trabajar, así que me puse de fondo la sesión matinal y algunos fragmentos de la tarde. Eso sí, me ahorré a los bufones habituales, que a estas alturas ya aportan poco al espectáculo. Hay intervenciones que uno aprende a saltarse con la misma tranquilidad con que apaga el volumen durante los anuncios.

Sobre los dimes y diretes entre Sánchez, Feijóo y Abascal poco puedo añadir. El presidente del Gobierno, atado de pies y manos, recibía los cuchillos de la oposición en la rueda de la muerte sin que ninguno alcanzara su objetivo. Más aún: logró salir airoso. Una situación bastante llamativa si tenemos en cuenta el momento político que atraviesa. Un presidente con causas judiciales abiertas en su entorno más cercano, con socios de gobierno que le cobran cada votación a precio de oro y con una mayoría parlamentaria que se sostiene como un equilibrista en la cuerda floja. Y, aun así, salió del hemiciclo más entero que sus rivales, que no estuvieron a la altura del momento.

Feijóo y Abascal estuvieron especialmente flojos. Frente a ellos no tenían a un adversario en plenitud de facultades, sino a un hombre políticamente amortizado que, como Lázaro, ha vuelto a levantarse una vez más. Y sin embargo sus cuchillos pasaron de largo. No por falta de diana, sino por falta de puntería. La oposición, y más concretamente el PP, lleva demasiado tiempo esperando que el Gobierno se derrumbe solo. Pero la gravedad, querido lector, aún no ha dado señales de vida.

Pero todo eso ya lo saben ustedes. Asisten, como yo, a las funciones semanales del Congreso y salen igual de desanimados. El problema es que el circo debería divertir. Y el nuestro, cada vez con más frecuencia, produce exactamente el efecto contrario.

Al menos siempre nos quedará el payaso Patxi.

Y en él quiero detenerme un momento. Porque se ha convertido en el bufón oficial de esta función. Posee una habilidad poco común para transformar cualquier intervención en un número cómico. Sus dotes de orador solo son comparables a su capacidad para decir chorradas de la forma más solemne. A su manera, tiene talento. No cualquiera puede sostener durante veinte minutos ese equilibrio entre la indignación fingida y la satisfacción genuina.

Su papel el miércoles consistió en defender a Begoña Gómez. Lo hizo durante largos minutos, alternando ataques al juez Peinado con bromas, sarcasmos y gestos dirigidos a la bancada propia. Resultaba una escena peculiar. Al fin y al cabo, quien hablaba era un representante del poder legislativo dedicando buena parte de su intervención a desacreditar públicamente a un juez en ejercicio. Confieso que no recuerdo haber visto algo parecido. Y no lo digo con escándalo, porque el escándalo ya no cotiza en este circo. Lo digo con la curiosidad del espectador que lleva demasiadas funciones a sus espaldas. Me pasa un poco como cuando Óscar Puente habla. Es tan apelotante que no puedo parar de mirar. Es algo casi hipnótico. ¿De dónde han sacado a esta gente?

Todo ello acompañado por los aplausos entusiastas de una parte del hemiciclo que, ocurra lo que ocurra, parece haber convertido el aplauso en una forma de vida. Muy bien pagada, por cierto. Da igual el argumento, da igual el contexto, da igual el resultado. Aplauden con una disciplina admirable. Si mañana un acróbata se rompiera el cuello en mitad de la pista, sospecho que algunos seguirían palmoteando por puro reflejo. Ya lo hicieron con Ábalos en su momento.

El respetable público ya no parece tan respetable.

Y aquí está, quizás, el verdadero problema. Porque el hemiciclo no es una anomalía; es un espejo. Lo que ocurre dentro del Congreso ocurre también fuera. La tribu primero, la razón después.

Patxi López terminó su actuación con un grito que, según él, ya corea todo el mundo: «¡Yo con Begoña!». Lo proclamó con la convicción de quien cree estar pronunciando una frase destinada a pasar a la historia. Después abandonó la pista satisfecho, convencido de haber cumplido con su papel y, sobre todo, con las instrucciones del maestro de ceremonias.

En este circo, los mejores números son siempre los que no saben que lo son.

  • Gonzalo Cabello del os Cobos es periodista
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