Todo cambió una tarde de julio de 1976
Es imposible ofrecer la presidencia del Gobierno de una forma menos protocolaria. El Rey estaba escondido detrás de la puerta y, cuando Suárez entró, le abordó por la espalda: «Adolfo, te voy a pedir un favor; que aceptes la presidencia del Gobierno»
El próximo 1 de julio se cumplen cincuenta años de la dimisión de Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno, a petición del Rey Juan Carlos. Pronto empezaron a circular por las redacciones y mentideros de Madrid los nombres de los candidatos a sucederle. Pero nadie tenía ni idea de cuáles eran los planes del Rey y de Torcuato Fernández Miranda, entonces presidente del Consejo del Reino, que debía proponer al Rey una terna entre la que tenía que elegir al nuevo presidente del gobierno.
Adolfo Suárez era entonces un político casi desconocido, y su objetivo en esos momentos fue mantener un perfil plano para no desbaratar la estrategia de Fernández Miranda que él conocía. Sabía que era el candidato con más probabilidades y renunció a cualquier protagonismo para evitar que desde los periódicos o los círculos de poder se montara una campaña para descalificarle o poner zancadillas a su nombramiento. Es más, le venía bien que el nombre que circulaba como candidato casi seguro fuera el de José María de Areilza, del que luego supimos que nunca tuvo la menor posibilidad.
A las dos de la tarde del sábado 3 de julio, Fernández Miranda comunicó a los periodistas, con una frase críptica, que ya disponía de la terna que había votado el Consejo: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido». Pero pasaban las horas y nada se sabía de la decisión del Rey. Ese silencio aumentaba la incertidumbre y los nervios de Adolfo Suárez. Hasta que a las seis de la tarde sonó el teléfono de su casa en la calle San Martín de Porres. Era el Rey que con pocas palabras le pidió que fuera a hablar con él al Palacio de la Zarzuela. Suárez bajó al garaje y subió al pequeño utilitario de su mujer, Amparo, un Seat 127 color turquesa.
Luego contó que los veinte minutos que tardó en llegar a la Zarzuela fueron los más largos de su vida. Por su cabeza rondaban todas las posibilidades, desde el nombramiento a las excusas del Rey por no elegirlo; pensaba que la llamada era solo una deferencia para explicarle la razón por la que había decidido nombrar presidente a otra persona.
Cuando entró en el despacho de Don Juan Carlos le sorprendió ver que estaba vacío, pero la sorpresa fue mayor cuando vio que el Rey, que estaba escondido tras la puerta, le abordó por la espalda y le soltó a bocajarro: «Adolfo, te voy a pedir un favor; que aceptes la Presidencia del Gobierno». Es imposible ofrecer la presidencia del Gobierno de una forma menos protocolaria. A Adolfo Suárez le invadió una sensación de alivio y le respondió: «Por fin; ya era hora».
En la mañana del lunes 5 de julio, Suárez juró el cargo en la Zarzuela y, al terminar la breve ceremonia, el Rey y el nuevo presidente se retiraron al despacho, donde estuvieron hablando casi dos horas.
Al día siguiente entró en la entonces sede de la Presidencia del Gobierno, en Castellana 3, acompañado por Manuel Ortiz, subsecretario de la Presidencia. Pero en lugar de ocupar el despacho de sus predecesores Carrero Blanco y Arias Navarro, le indicó a Ortiz: «Yo ocuparé este», y entró en otro más discreto. Fue la primera señal, menor pero significativa, de su decisión de alejarse del pasado.
La sorpresa de Ortiz fue mayor cuando a los pocos minutos de entrar en su despacho le pasaron una llamada del embajador de Estados Unidos, cuyos servicios de Inteligencia habían seguido al milímetro los pasos del nuevo presidente. Wells Stabler le pidió que transmitiera a Adolfo Suárez el apoyo del presidente Gerald Ford a sus planes de gobierno. Suárez, informado por Ortiz, llamó a Stabler para darle las gracias y fijar una entrevista en los próximos días.
¿Pero cómo conocía el Gobierno americano sus planes? Luego hemos sabido que cuando un mes antes el Rey Juan Carlos visitó Estados Unidos y pronunció un discurso en el Capitolio con bastante éxito, se entrevistó con Gerald Ford y con Henry Kissinger a los que habría contado cuáles eran sus planes a muy corto plazo, que incluían un nuevo presidente, la legalización de los partidos, la celebración de elecciones libres y el compromiso de integrar a España en la OTAN.
Al día siguiente, 7 de julio, El País publicó un artículo de Ricardo de la Cierva en su primera página, cuyo título Qué error, qué inmenso error recogía la decepción de quienes no entendían que un hombre que venía del régimen anterior pudiera desmontarlo y devolver la libertad y la democracia a los españoles. Aurelio Delgado, amigo de juventud y jefe de su Secretaría, entró en el despacho del presidente con el periódico en la mano. «¿Lo has visto?», le preguntó. «No tienen ni idea de lo que vamos a hacer», le respondió Suárez con una sonrisa burlona.
Menos de un año después, se había devuelto la libertad a los españoles con elecciones libres por un procedimiento en el que pocos creyeron entonces y que conocemos como la Transición.
Efectivamente, nadie tenía ni idea de lo que iba a ser capaz de hacer aquel político desconocido y minusvalorado cuando no despreciado por muchos. En pocos meses quedó claro que el error, el inmenso error, lo cometieron ellos.
- Emilio Contreras es periodista