La tóxica herencia de las izquierdas radicales en Iberoamérica
Un elemento esencial para la derrota del castrochavismo y de las narco-dictaduras es y será u una izquierda que respete y defienda la libertad y que se oponga frontalmente a los atropellos de los extremismos. Esa izquierda existe, aunque no compartamos su programa desde la sana discrepancia democrática
No toda la izquierda iberoamericana cabe en este análisis. Existe una izquierda democrática –la del Frente Amplio uruguayo de Tabaré Vázquez (no así el mandato de José Mujica mucho más doctrinario), la de la Concertación chilena– que respetó el mercado, la propiedad privada, la prensa libre y la alternancia, y que precisamente por ello redujo la pobreza de veras. Analizamos la que se articuló hace treinta y cinco años en el Foro de São Paulo (FSP), el aparato doctrinal que Fidel Castro y Lula da Silva fundaron en 1990 sobre los escombros del Muro de Berlín, y que desde entonces arrastra un pecado original que define su naturaleza moral: jamás ha condenado a una sola dictadura de izquierdas. Un foro que sienta a la misma mesa a socialdemócratas (muchos cada vez menos socialdemócratas y más socialistas y marxistas) y a tiranos, y se niega a distinguirlos, no es un espacio plural: es una maquinaria de blanqueo ideológico.
El balance de esa corriente, medido contra los datos y no contra las consignas, es demoledor. Venezuela protagoniza la mayor contracción económica en tiempo de paz de la historia moderna: su producto interior bruto se desplomó en torno a un setenta y cinco por ciento entre 2013 y 2025 –el triple que la Gran Depresión–, con una hiperinflación que alcanzó el 130.060 por ciento en 2018. No fue la caída del petróleo, como repite la coartada oficial, sino la destrucción deliberada de la propiedad: más de mil trescientas cincuenta empresas expropiadas, controles de precios y de cambio, emisión de moneda desbocada. El resultado es un país que ha expulsado a más de ocho millones de sus hijos –el mayor éxodo de la historia de América, solo superado en el mundo por la Siria en guerra–, con una desnutrición infantil que revirtió décadas de avances y unos ciudadanos que llegaron a perder, de media, once kilos de peso por hambre. Y un Estado convertido en narcoestado, cuya cúpula –Nicolás Maduro incluido– fue imputada por la justicia estadounidense por dirigir el llamado Cártel de los Soles. Que ese mismo Maduro fuera capturado y trasladado a Nueva York en enero de 2026 cierra el círculo con una elocuencia que ningún editorial podría mejorar.
Cuba es la matriz de todo ello. Su propio Centro de Estudios de la Economía Cubana admite «la mayor crisis desde la independencia de 1902»: tres años consecutivos de contracción, apagones de hasta veinte horas, siete de cada diez cubanos saltándose comidas y un millón y medio de personas huidas en apenas un lustro.
Nicaragua ha ido aún más lejos en lo político: Daniel Ortega y Rosario Murillo gobiernan ya como «copresidentes» en una dinastía marital sin equivalente moderno, que ha desnacionalizado a más de cuatrocientos cincuenta opositores y empujado a un millón de nicaragüenses al exilio, persiguiéndolos incluso fuera de sus fronteras. La represión, en estos sistemas, no es un exceso corregible, sino el método esencial de ejercicio del poder opresivo: más de diecisiete mil ochocientas detenciones políticas en Venezuela desde 2014, según la organización Foro Penal, y un silencio de plomo impuesto sobre cualquier disidencia.
Bolivia ilustra la variante indigenista de la misma opresión y fracaso: el Movimiento al Socialismo (MAS) dilapidó la bonanza del gas sin reinvertir un solo céntimo en el futuro, y dejó al país con la inflación más alta en treinta y nueve años. El mismo guion, en versión mitigada, explica la estanflación provocada por el sectarismo, la incompetencia y el latrocinio del kirchnerismo que castigó a Argentina. En México la ciega radicalidad, incompetente e ignorante catalizó los casi doscientos mil homicidios con que el «abrazos, no balazos» de López Obrador haciendo su sexenio el más sangriento de la historia reciente de México. Muchas veces no hace falta una dictadura declarada para corroer la democracia y las libertades, la radicalidad, el sectarismo, el latrocinio y la incompetencia la destruyen desde dentro.
Hay en todo esto un patrón que conviene nombrar sin eufemismos. El castrochavismo no es un proyecto económico fallido, sino un proyecto de poder exitoso que utiliza el desastre económico, la pobreza y la dependencia del pueblo de las míseras dádivas del poder dictatorial como instrumento. Un pueblo empobrecido, dependiente de la paguita estatal y aterrorizado por la represión, es un pueblo sometido y dócil, o eso creen los dictadores de la izquierda más dura. La escasez y la miseria disciplinan mejor que cualquier policía. Por eso estos regímenes no corrigen sus errores: desde la lógica de su supervivencia, no son errores. La doctrina del Foro les ha prestado tres cosas decisivas: una coartada —el antiimperialismo como excusa universal de todo naufragio—, una red de solidaridad que blinda a los autócratas frente a la crítica de sus pares, y una respetabilidad democrática prestada por compañeros de viaje que deberían saber mejor. El truco, viejo como la demagogia, consiste en hablar el lenguaje de la inclusión y de los derechos humanos mientras se demuelen, ladrillo a ladrillo, las instituciones que de verdad los protegen.
No obstante lo anterior, escribo en un momento de esperanza fundada, porque el ciclo se agota por la única vía legítima: la del hartazgo expresado en las urnas allí donde todavía existen. En octubre de 2025, tras veinte años de hegemonía, Bolivia echó al inefable MAS y eligió a un centrista, Rodrigo Paz, con la promesa de un «capitalismo para todos», rechazando por igual el continuismo socialista y el ajuste de choque. El mito de la invulnerabilidad de Maduro se evaporó en una sola madrugada de enero. Los pueblos, cuando se les deja votar, votan por sacudirse el yugo y despertar de la pesadilla.
Queda, eso sí, una tarea pendiente, más allá de las gestiones eficaces que puedan presentar los gobiernos de derecha o centroderecha. Un elemento esencial para la derrota del castrochavismo y de las narco-dictaduras es y será u una izquierda que respete y defienda la libertad y que se oponga frontalmente a los atropellos de los extremismos. Esa izquierda existe, aunque no compartamos su programa desde la sana discrepancia democrática. Son las izquierdas de Tabaré Vázquez en Uruguay, quizás el presidente de izquierdas más valiente y combativo contra la narco-dictadura chavista y otras igualmente moderadas. Su mayor deshonra sería seguir sentada en el Foro de São Paulo, prestando su firma a comunicados que se indignan cuando cae un tirano correligionario. El día en que la izquierda decente rompa con la izquierda criminal, ese día habrá madurado del todo.
- Gustavo de Arístegui San Román es diplomático y fue embajador de España en la India