Sánchez: además de Ceuta, la corrupción continúa
Si Sánchez fuese inteligente, hace tiempo que se habría ido. No habría arrastrado, tal y como lo está haciendo, a su partido y a toda una generación de hombres y mujeres que van a quedar invalidados y deslegitimados para seguir haciendo política
No todas nuestras angustias patrias tienen su origen en Ceuta, es decir, en Marruecos. El olor a podrido que se extiende por la tierra del actual gobierno sanchista es insoportable, además de ser un peligro serio para la democracia. Desde hace tiempo mantengo que el final de Sánchez no va a ser bueno. Su contumacia en perseverar en el poder a cualquier precio le puede costar mucho más caro de lo que él cree. Ese empecinamiento es la mejor demostración de que no es un hombre inteligente. Me hace gracia cuando algunos quieren ver en él un dirigente brillante. Es osado, audaz, temerario, siempre que sus decisiones las tome sentado desde un despacho. De no ser así, es un ser medroso y menguado. De haber tenido un mínimo de perspicacia y de no haberlo cegado la ambición, hace tiempo que se habría ido. Por ejemplo, convocando la repetición de elecciones en 2023. No lo hizo y ahora camina hacia un final no deseable, pero que indefectiblemente va a llegar.
Ceuta ha dado en el corazón patriótico de millones de españoles. El patriota no es el nacionalista. El patriota es el que quiere lo mejor para su patria, su país, aun siendo consciente de las limitaciones. El patriota quiere que su nación sea la mejor. El nacionalista cree que su nación ya es la mejor. Era una distinción muy feliz que solía hacer Bertrand Russell cuando quería reírse de los nacionalistas. Esos que, según Mitterrand, solo traen la guerra, como se comprobó en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial. Sánchez, en realidad, no es ni una cosa ni otra. No se siente ni siquiera español. De lo contrario, no mantendría esa actitud de displicencia y desprecio hacia el problema de Ceuta.
A Sánchez ahora le preocupa lo de su mujer. El heroico Peinado, contra viento y marea, la ha sentado en el banquillo. Es la primera vez que la mujer de un presidente del Gobierno de España, y creo que también de toda Europa, debe rendir cuentas ante un tribunal de justicia. Debería preocuparle también lo de las cloacas. Porque ese caso sí puede afectarle directamente a él. Lo que este diario publicó ayer, en otra exclusiva –de las de verdad– de Alejandro Entrambasaguas, es gravísimo. Que un emisario de Leire Díez contactara con un narco para darle un «sustillo» a la jueza que llevaba el caso del hermano de Sánchez es propio de una trama gansteril, pero no de un país democrático. A partir de ahí, recuerden que el caso cloacas es el más grave. Más que la financiación ilegal del PSOE, más que la trama de hidrocarburos y más que las joyas y el pozo sin fondo de Zapatero. Incluso más que el nuevo escándalo, a punto de estallar, de otro exministro zapateril.
Si Sánchez fuese inteligente, hace tiempo que se habría ido. No hubiera arrastrado, tal y como lo está haciendo, a su partido y a toda una generación de hombres y mujeres que van a quedar invalidados y deslegitimados para seguir haciendo política.
Cada día que pasa nos iremos horrorizando más y más con la situación de Ceuta, pero también iremos conociendo nuevos horrores de las cloacas, esas que se pusieron en marcha justamente aquellos cinco días de paréntesis que Sánchez se tomó en abril de 2024. Todo es muy grave: Ceuta, Marruecos, las cloacas… Y dicen que es inteligente. A la maldad, al peligro y al aventurerismo los quieren llamar ahora sabiduría.