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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Que el gato sea progre, aunque no cace ningún ratón

Invita a la melancolía ver al alcalde de una ciudad de la categoría de Barcelona soltando absurdos socialistas como crear supermercados públicos

En 1945 se fundó la República Democrática Federal de Yugoslavia, que de inmediato se convertiría en la dictadura socialista del carismático partisano Josip Broz Tito. El mariscal «democrático» y «federal» –dos adjetivos muy Sánchez– intentó una tercera vía entre el capitalismo estadounidense y el comunismo de la URSS estalinista. Es decir, permitió algunos leves atisbos de propiedad privada.

Tito se murió en 1980. Yugoslavia, que era un puzle mal encajado de pueblos que se detestaban, se rompió a comienzos de los noventa, dando paso a una crudelísima guerra.

En la segunda mitad de los ochenta tuve la ocasión de visitar Yugoslavia en el clásico viaje palizas de paso del ecuador de la carrera. Allí aprendí dos cosas. La primera fue que cerveza en yugoslavo se decía «pivo». La segunda consistió en constatar que el comunismo no funciona, pues allí había bares del Estado y bares ya privados y los segundos resultaban mucho mejores que los primeros.

Los experimentos socialistas siempre han acabado igual: reparto de mediocridad –o de miseria–, oligarquías extractivas y erosión de las libertades. Sin embargo, nada gusta más a nuestra izquierda que el mantra de que «lo público» funciona mucho mejor que lo privado.

Adam Smith, el mayor liberal de la historia con permiso de Sánchez, que ha renunciado hasta a que el Estado elabore unos presupuestos, explicaba que «no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino la consideración de su propio interés». Y es así, como bien refleja lo que podríamos denominar como la Teoría Política de las Micciones de Pago, que paso a exponer:

Usualmente, los baños de las estaciones de tren están más bien cochambrosos. Pero en algunas, como en la de Zaragoza, han incorporado unos lavabos a los que se accede previo pago de 1 euro. El experimento es pasmoso. Al pagar todo cambia. Impera una higiene absoluta y un cuidado primoroso de las instalaciones, que contrasta con el mal uso y abandono de lo público.

Lo privado y lo público, interesante debate. ¿Qué funciona mejor, la decadente Renfe pública o las líneas aéreas privadas españolas? ¿Quién fabricaba mejores coches: la RFA de la Mercedes, la BMW y la Volkswagen... o la RDA comunista con su rupestre Trabant? ¿Quiénes están mejor alimentados y vestidos, los cubanos que disfrutan de un larguísimo experimento comunista y han vuelto a la luz de las velas, o sus vecinos dominicanos que están soportando el horrible capitalismo?

No hay nada que ayude más a mejorar la vida de las personas que la libre competencia económica y la creatividad y afán de emulación de los empresarios, de la que nos beneficiamos por partida doble: disfrutando de su oferta y de los empleos que crean.

Pero todas estas evidencias casi pueriles están siendo ignoradas por algunos orates económicos, como el alcalde socialista de Barcelona. Tras un encuentro un tanto papanatas en Nueva York, haciéndose selfis arrobados con el socialista musulmán Zohran Mamdani, Collboni ha regresado a España anunciando que copiará la gloriosa idea del edil neoyorquino de crear supermercados públicos. El objetivo es ofrecer productos más asequibles a los barceloneses, aunque no se explica cómo, ni con qué nivel de descuento. Tampoco se desvela quién pagará la diferencia con lo que marca el mercado (que al final seremos todos con nuestros impuestos).

La oferta de los supermercados en España es extraordinaria, tanto en la variedad de género como en su abanico de precios (y quien no lo crea que se dé una vuelta por el Reino Unido). Existen ya varias cadenas que apuestan por el máximo descuento, los llamados «supermercados low cost». Existen firmas españolas que han logrado un equilibrio muy aquilatado entre la calidad de lo que ofrecen y su precio. Existe también el nivel VIP para bolsillos fuertes. Es decir, esa idea populista-populachera de los supermercados públicos no va a arreglar nada. Solo sirve para que un alcalde que tiene a su ciudad sumida en un serio problema de inseguridad se haga un poco de propaganda a modo de cortina de humo.

Anuncios como el de Collboni reflejan la empanada económica de nuestra izquierda, que en lugar de apoyar a los empresarios habla de sus «beneficios obscenos» y los persigue con rapacidad fiscal. En vez de fomentar que surjan emprendedores capaces de crear nuevos Mercadona y nuevos Gadis, que generan empleo y satisfacen a su clientela, nos proponen supermercados socialistas como si estuviésemos en la tétrica Cuba de los Castro. Pero es normal que Collboni apueste por «lo público». Toda su vida laboral la ha hecho en la UGT y el PSC. Ignora lo que es dar palo al agua fuera de la política.

«Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones», concluyó el inteligente Deng Xiaoping a finales de los setenta. Los chinos despertaron y pasaron de la miseria a comerse el mundo en cuanto abrieron su economía al acicate privado. Pero en Barcelona le quieren dar la vuelta al aserto: «Gato progre, aunque no cace ningún ratón». Ay, pobre Cataluña, antaño meca de la empresa en España y hoy pasto de políticas histriónicas y autolesivas.

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