Fundado en 1910
Pasen y leanGonzalo Cabello de los Cobos

Gente bien

Y no es casualidad, sino diseño. Porque en un partido el talento no es un mérito: es una amenaza. Brillar demasiado es hacerle sombra al jefe, y esa es la única infracción que allí se castiga con la pena capital. El mediocre, en cambio, resulta comodísimo: es leal por pura necesidad

Hace poco más de año y medio, mi socio y yo cometimos la imprudencia de montar un podcast. Lo bautizamos Entre Gonzalos por una razón puramente estadística: él se llama Gonzalo, yo me llamo Gonzalo, y tras una sesuda tormenta de ideas de casi dos minutos concluimos que aquello era lo más ingenioso que iba a salir de nosotros. Nuestro primer invitado, por cierto, también se llamaba Gonzalo. Estuvimos a punto de fundar una secta onomástica, que no onanística, pero afortunadamente la cosa se fue corrigiendo sola.

La idea era sencilla: tener conversaciones de verdad con gente de verdad. De hecho, ese es el lema del podcast. Nada de promocionar ni de repasar hazañas empresariales. Lo que de verdad pretendíamos desde un principio era conocer a la persona detrás de la figura, con sus dudas, sus fracasos, sus valores, sus éxitos y sus manías. Y para eso fijamos un único criterio de selección: que el invitado valiera la pena. Que hubiera demostrado talento auténtico, del que se mide en acciones y no en seguidores. Lo demás nos daba exactamente igual.

Hasta ahora, catorce personas han pasado por nuestros micrófonos. Un agricultor que revolucionó el campo europeo vendiendo naranjas por internet. Un jesuita que lleva cuarenta años ayudando a los desamparados de Camboya. Una oncóloga que cura niños y, de paso, enseña a vivir a sus padres. Un financiero que convirtió un fondo de tres empleados en un referente mundial de las renovables. El que fuera consejero delegado de un gran banco alemán en España. Una periodista con una visión original del mundo. Un escritor cuya mirada comienza a asombrarnos a todos. Una mujer que sobrevivió a una leucemia y a dos trasplantes, y que sonríe más que todos nosotros juntos…

Catorce conversaciones largas hablando de experiencia, liderazgo, familia, Dios, dinero y naranjas. Pero lo más curioso de todo es que ni una sola vez, ni una, hemos escuchado a ninguna de estas personas sobresalientes decir algo tipo «yo, en realidad, siempre quise dedicarme a la política».

Y no estamos hablando de gente sin inquietudes. Al contrario: todos sienten una vocación de servicio que ya la quisieran para sí muchas de sus señorías, tan ocupadas en servirse a sí mismas. Unos curan, otros enseñan, otros crean empleo, otros evangelizan en el fin del mundo. Servir, sirven. Lo que no quieren, bajo ningún concepto, es hacerlo desde un escaño.

Cuando hemos deslizado la pregunta, ¿y la política?, fuera de micrófonos, porque otra de nuestras normas es dejar la política fuera del podcast, la reacción ha sido siempre la misma: una sonrisa nerviosa y una negativa gestual casi de efecto reflejo. El mismo gesto, exactamente, que haría usted si su cuñado le ofreciera invertir los ahorros de su vida en la última y revolucionaria criptomoneda. «Es un win win, Paco».

No es que todos ellos desprecien la política. Al contrario. Les preocupa profundamente. Lo que rechazan es la profesión política tal y como hoy está concebida.

Y aquí el asunto deja de tener gracia. Porque si los mejores de cada casa huyen de la cosa pública como de la peste, la pregunta es quién se queda para gestionarla. La respuesta la tienen ustedes cada miércoles en el Congreso, en horario infantil y con entrada gratuita.

Nuestra política se ha convertido en un formidable mecanismo de selección inversa. Premia la obediencia sobre el criterio, la lealtad al aparato sobre el mérito y la resistencia glútea al escaño sobre la capacidad de discernir. Piénsenlo un momento: en cualquiera de las empresas de nuestros invitados, un currículum que consistiera en «afiliado a los dieciséis, concejal a los veinte, diputado a los veintiocho» no pasaría ni el primer filtro de recursos humanos. En política, ese recorrido es la vía rápida. Se puede llegar a gestionar los asuntos de cuarenta y ocho millones de españoles sin haber gestionado antes ni una mudanza.

Y no es casualidad, sino diseño. Porque en un partido el talento no es un mérito: es una amenaza. Brillar demasiado es hacerle sombra al jefe, y esa es la única infracción que allí se castiga con la pena capital. El mediocre, en cambio, resulta comodísimo: es leal por pura necesidad, porque sabe mejor que nadie que fuera del aparato no lo espera absolutamente nadie. Así que el partido asciende al dócil, jubila al brillante y llama renovación al resultado.

Añadan el linchamiento diario, la exposición de la familia y un sueldo que a cualquiera de nuestros invitados le provocaría ternura, y el misterio queda resuelto: no es que el talento no haya sentido la llamada de lo público. Es que la ha sentido, ha mirado por la ventanilla y ha decidido, muy sensatamente, no bajarse en esa parada. Por supuesto, hay excepciones en algunos partidos. Pocas, pero las hay.

El sistema está concebido así y nuestra democracia está literalmente secuestrada por los mediocres.

Por eso, nosotros, mientras todo esto se va por el sumidero, seguiremos haciendo lo único que está en nuestra mano: sentar a gente que consideramos brillante delante de un micrófono y dejar constancia de que talento, en España, existe de forma abundante.

Algún día, con suerte, alguna de esas personas tendrá la idea de ayudar a su país desde una posición pública. Aunque mucho me temo que todavía queda mucho para que podamos verlo.

Y termino emulando un poco a Catón el Viejo: Pedro Sánchez debe caer.

comentarios

Más de Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez

tracking

Compartir

Herramientas