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horizonteGonzalo Cabello de los Cobos

Ceuta y los bienaventurados de Cibeles

El ambiente no era de indignación, la verdad. Era más bien festivo, de verbena. Y no porque los asistentes no estuvieran cabreados, que lo estaban, sino porque entre que no se oía absolutamente nada de lo que decían los oradores

Me reafirmo: manifestarse no sirve para absolutamente nada. Llevaba años sin pisar una, pero esta vez pensé que Ceuta bien valía una misa y, contraviniendo mis propias normas, allá que fui.

El Debate (asistido por IA)

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Llegué de la oficina a casa a las 19.15, así que tampoco tenía mucho margen. Me duché a toda prisa y cogí la moto con mi mujer, dirección Cibeles. A partir de Serrano con Ortega y Gasset ya se intuía lo que prometía ser una masa considerable: banderas de España, gente sonriente, familias y adolescentes nerviosos por la novedad. Aparqué tras un buen atasco al final de Serrano, pasada la Puerta de Alcalá. Eran las 19.55 cuando echamos a andar por Alcalá hacia Cibeles, justo cuando el sol abrasador empezaba a ponerse por la Gran Vía.

El ambiente no era de indignación, la verdad. Era más bien festivo, de verbena. Y no porque los asistentes no estuvieran cabreados, que lo estaban, sino porque entre que no se oía absolutamente nada de lo que decían los oradores y que algunos graciosillos con altavoz componían versos contra Sánchez, todo eran risas y chanzas. Al menos donde yo estaba.

Es chocante que una manifestación de esta magnitud no contara con unos medios técnicos decentes. No sé quién fue el responsable, pero el resultado fue lamentable. Me recordó a la escena del principio de «La vida de Brian», con Jesús declamando las bienaventuranzas mientras los de las últimas filas, que no oyen nada, entienden que los bienaventurados, en realidad, son los queseros. Y las similitudes con Monty Python no acabaron ahí, porque el calor que hacía en Cibeles debía de andar cerca del que hizo en Judea el año 33, «más o menos a la hora del té».

La media hora que duró aquello se hizo larga. Justo detrás de mí, un señor con megáfono se empeñaba en arrancar cánticos muy elaborados que no seguía nadie. Ante el escaso éxito acabó desistiendo y se pasó a los clásicos: «Pedro Sánchez, hijo de puta», «queremos votar», «yo soy español, español, español». El olorcillo a ginebra barata que desprendía el paisano llegaba hasta la mismísima diosa.

También me crucé con varios conocidos con los que quedé en llamarnos para cenar y contarnos qué tal el verano. Yo, más gordo que en julio. Eso seguro.

Y media hora después de llegar, sin haber escuchado nada de lo que querían contarnos quienes tenían algo que contarnos, una hilera de gente empezó a dar marcha atrás y a volver por donde había venido. Caras alegres pintadas con la bandera y sensación del deber cumplido antes de irse a casa a ver a Vicente Vallés destripar a este Gobierno sin que las verdades que dispara tengan una sola consecuencia.

Y es que claro que nos preocupa Ceuta. Pero la respuesta ante lo que ha sido una invasión perfectamente orquestada me parece bastante tibia. En algún momento de este verano llegué a acariciar la idea de que Ceuta fuera el detonante del final de este Gobierno infame. La gravedad de los hechos me hizo soñar con que Sánchez claudicaría. Luego desperté y recordé que estaba tomando el sol con Jesús Calleja en La Mareta y que todo esto le resbala. Sabe que lo olvidaremos pronto, como lo olvidamos todo.

Lo que sí puedo decirles es que, entre aquella masa de gente sonriente, se atisbaban elementos que no encajaban con el ambiente de verbena. No hablo de quien canta «yo soy español» y se va después de cañas a comentar lo mal que está este loco mundo. Hablo de quienes ya han concluido que cantar no sirve para nada y que, por tanto, habrá que hacer otra cosa. Esa, para mí, fue la sensación más inquietante de la tarde.

Mientras tanto, todo sigue igual. Sánchez mintiendo en el Congreso, Grande-Marlaska enviando cartas públicas a sus subordinados, Margarita Robles escondida bajo su escritorio, Bolaños estudiándose el argumentario socialista como si fuera el catecismo y Óscar Puente siendo Óscar Puente.

Y nosotros, petrificados en nuestros asientos, saliendo de la celda cada cuatro años para echar un vistazo al patio de la cárcel en la que nosotros mismos nos hemos encerrado.

Los cambios, a lo largo de la historia, no han llegado nunca gracias a una manifestación de media hora a la caída de la tarde. Con las herramientas que tenemos hoy no podemos hacer absolutamente nada. España está con Ceuta, por supuesto. Pero Ceuta sigue igual que al principio y nosotros ya estamos seguros en casa.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez es periodista
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