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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Beiras y aquel tabaco perfumado

Se ha muerto el gran santón del nacionalismo gallego, brillante orador y erudito que en realidad no gestionó nunca ni una comunidad de vecinos

Xosé Manuel Beiras Torrado, que tenía 90 años, descansa ya con Dios, en el que no creía. Era el gran santón del nacionalismo gallego. Un orador magnífico, hipnótico, con hechuras de profeta tonante y una cabeza soberbia. Pero en sus casi cincuenta años en política no llegó a gestionar ni una comunidad de vecinos. «Fuese, y no hubo nada», como en el famoso estrambote cervantino.

Qué recuerdos. A comienzos de los noventa, yo velaba mis primeras armas en el periódico que se anunciaba como «el de mayor tirada de Galicia». Su director era un hombre inalcanzable para la tropa, enigmático y sardónico. Su astucia, legendaria, le había hecho acreedor del mote de El Jugadas. Hoy creo que su truco consistía en guardar un estudiado silencio, parapetado tras sus gafas ahumadas y las volutas de su puro, para luego soltar alguna obviedad tipo «conviene esperar», que era aclamada por sus pelotas como el cénit de la sagacidad.

Cuando llegaban las elecciones autonómicas, el periódico enviaba a un reportero en la caravana de cada candidato. Pero el astuto Jugadas te cambiaba de caballo a mitad de campaña, para evitar síndromes de Estocolmo. En unos comicios me tocó comenzar siguiendo al torbellino Fraga, para pasar luego al BNG, cuyo candidato era Beiras, como siempre.

Mi primer mitin con el Bloque se celebró en Villagarcía, en el curioso espacio de la Plaza de la Pescadería. Muy aplicado, me senté con mi libreta en primera fila para tomar nota de la arenga de Beiras. Para mi sorpresa, sonrojo y enfado, a mitad de mitin, y con un dedo señalando la zona de prensa, el candidato del nacionalismo comunista bramó: «¡Y qué decir del periódico que a mitad de campaña me cambia de periodista para ponerme uno franquista!».

Por entonces, yo conservaba todavía los rescoldos de inocencia de una infancia feliz, que te inducen a pensar que el mundo es puro. No estaba aún maleado por el periodismo, la política y el desencanto. Así que el señalamiento de Beiras me ofendió y me propuse restregárselo en sus propias barbas.

Me enteré de donde vivía, una casa de labranza restaurada de Brión, cerca de Santiago, llamada la Reboraina. Unos días después me planté allí. Llamé al portón y me abrió el propio Beiras, ataviado con una de sus típicas camisas holgadas, de fino lino y cuello Mao. En su mano, un cigarrillo que desprendía un aroma perfumado.

En el propio dintel comencé a exponerle mis reproches de manera irritada. Lo pilló fuera de juego que me presentase allí para abroncarlo por cuestionar mi profesionalidad en público sin siquiera conocerme. Con un rostro medroso, alejado del bronco histrión de los mítines, me invitó a pasar y a sentarme. Era una casa de un cuidado esmerado, con servicio y piano. Era el refugio de un señorito que se ha afincado en un entorno rural, pero solo para divisar el agro desde la asepsia de su torre de marfil. Me largó un rollo alambicado sobre la dialéctica en política, se disculpó sin disculparse y me largué. Nunca volví a hablar con él.

A Beiras lo programaron desde muy joven para ser el mesías del galleguismo liberal. Pero les salió rana, acabó infectado por el virus del marxismo. Hijo de una familia burguesa de Santiago, su padre era un empresario regionalista salvado en la Guerra Civil por un pariente que era el jefe de la Falange en Vigo. José Manuel estudió Derecho y luego cursó estudios en la Sorbona y la London School of Economics. Poseía un poderoso cerebro, realzado por un notable carisma. Ramón Piñeiro y García-Sabell, dos glorias del galleguismo local que hoy nadie recuerda más allá de Pedrafita, vieron en aquel fenómeno una gran oportunidad. Incluso acabó de yerno del segundo.

Pero llegó la prueba del algodón de las urnas. En las primeras elecciones, las de 1977, Beiras rechazó una oferta para concurrir en lo alto de las listas del PSOE y prefirió hacerlo con el Partido Socialista Galego. Su épico batacazo –3,6% de los votos y cero escaños– lo sumió en una severa crisis nerviosa, que él llamaba «el pozo». Le costó largo tiempo remontar.

En 1980, Beiras se convierte en catedrático de Estructura Económica y dos años después participa en la fundación del BNG. Allí su papel será siempre engañoso. Ante el gran público aparecía como el líder y candidato a la Xunta. En realidad era un guiñol de cuyo tirón se aprovechaba una vetusta facción marxista leninista llamada UPG, que domina con puño de hierro el Bloque, formación ahora separatista por una imitación papanatas de los vascos y catalanes.

Beiras se tiró 24 años con nómina de diputado en el Parlamento de Galicia. Pronunció discursos de factura brillantísima (y contenido gaseoso) y su cabeza alocada ofreció también grandes espectáculos, como cuando imitando al soviético Kruschev aporreó su escaño con un zapato. O como cuando en un arrebato de cólera casi se va a por Feijóo. En 2012 dejó el BNG (o le enseñaron la puerta). Fundó su propio partido y logró volver a entrar en el Parlamento coaligado con una tal Yolanda Díaz, que hasta entonces no había rascado pelota y se aprovechó de su carisma. Mala compañía. Cuando rompieron, el abuelo nacionalista confesó que jamás se había cruzado con «Judas semejante». Las próximas víctimas de la ambición con mechas serían los ingenuos hacendados de Galapagar.

Beiras era un niño bien de poderosa cabeza y mala relación con la realidad, cosmopolita para todo, menos para entender que Galicia siempre ha sido parte de España y le va bien así. Su gran teoría económica consistía en sostener que Galicia es una colonia de Madrid y que volando sola sería como Dinamarca. La aburrida música del nacionalismo ombliguista. Eso sí, al lado de los ignaros separatistas actuales, aquel político de efigie a medio camino entre Marx y el abuelo de Heidi resultaba una luminaria de saberes.

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