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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Retóricas y muertes

Cuando en 2026, tras la aplicación de esa ley socialista de desahucio, una anciana acaba hospitalizada y muere, no son ni Boyer (a título póstumo) ni Borrell los responsables. Tampoco Felipe González que los presidía. Ni Sánchez que perseveró en ella. Lo es Isabel Díaz Ayuso. Que entonces tenía siete años

En política, la retórica crea realidad. A la medida. Es algo tan viejo como la palabra «política». Los que alardean modernidad vomitando sin ton ni son el sustantivo «relato» (traducido al griego clásico, «mito») como innovador abracadabra de nuestro presente, se evitarían unas cuantas arrobas de ridículo con el sólo esfuerzo de echar una ojeadilla a los diálogos –tan polémicos cuanto admirativos– que Platón dedica a los dos más grandes expositores del arte de imponer convicción inquebrantable a través de la mentira bien artesanada: Gorgias y Protágoras.

Tomemos la más didáctica de esas páginas. El momento (Gorgias, 456b), en el que da Platón voz al sofista que ha venido a ofrecer su magisterio oratorio en Atenas. «¿Cuál es» –le inquiere Sócrates– «el verdadero poder de la retórica?». Y Gorgias despliega ante al ateniense la grandeza del arte casi mágico de poner a su servicio la potencia de todas las demás artes: «Voy a darte una prueba convincente de ello. Me ha sucedido muchas veces que, acompañando a mi hermano y a otros médicos a casa de uno de esos enfermos que no quieren tomar la medicina o confiarse al médico para una operación o cauterización, cuando el médico no podía convencerle, yo lo conseguí sin otro auxilio que la retórica. Si un médico y un orador van a cualquier ciudad y se entabla un debate en la asamblea sobre cuál de los dos ha de ser elegido como médico, yo te aseguro que no se hará ningún caso al médico; y que, si él así lo quiere, será elegido siempre el orador». Del mismo modo, en cualquier oficio. La realidad no es nunca obstáculo para el avezado político.

En la Atenas del siglo IVº a.c., la imposición política de lo real contaba apenas con un instrumento eficiente: la elocuencia oral. De ahí, el prestigio y los altos salarios que eran atribuidos a los maestros ambulantes de retórica, que recibían el nombre –entonces elogioso– de sofistas. En este universo nuestro de absorción escénica, que Guy Debord diseccionó como «sociedad del espectáculo», todo el dispositivo de las ficciones narrativas asume la tarea de construir universos paralelos que suplen a la realidad y ajustan el deseo de los ciudadanos al deseo de quienes, desde el vértice del poder, imponen como evidencias morales sus más tétricas ficciones. Un siglo ya de control total sobre los medios que cincelan el imaginario humano, ha dado en configurar sociedades zombis. Soy demasiado viejo para soñar que veré ya otra cosa que no sea la niebla de este mundo idiotizado.

Una pobre anciana muere después de haber sido desahuciada en aplicación de la vigente ley de alquileres. Ésa ley fue elaborada, en el año 1985, por Miguel Boyer, ministro de Felipe González, reinventor del PSOE. Reforzada, en 1994 y también bajo Felipe González, por José Borrell, ministro de Obras Públicas. El modelo Boyer-Borrell fue ofrecido como arquetipo de modernidad socialista en el ámbito del arrendamiento urbano, frente al arcaico proteccionismo franquista. Y como tal lo aplicó Sánchez durante ocho años.

Era 1985. Cuando en 2026, tras la aplicación de esa ley socialista de desahucio, una anciana acaba hospitalizada y muere, no son ni Boyer (a título póstumo) ni Borrell los responsables. Tampoco Felipe González que los presidía. Ni Sánchez que perseveró en ella. Ni mucho menos el partido socialista, a cuyo frente todos ellos oficiaron. Lo es Isabel Díaz Ayuso. Que entonces tenía 7 años. O el alcalde Almeida, que fue el único que, al cabo, negoció para parar ese desahucio.

Es un caso límite en el vuelco de la realidad por la escenografía. Más triste, más sombrío. Pero eso es la política. Hoy. En nuestra sociedad del puro espectáculo.

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