Marxología
«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». El erudito cinéfilo sabe que la atribución de esa cita a Groucho Marx es falsa. ¡Y qué más da! Esta otra es auténtica: «él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota». Infalible
Dos citas. Para la eternidad ligadas al nombre de Groucho Marx:
–«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».
–«Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota».
Una de las dos es falsa. ¿Cuál? Adivinanza sencilla para marxólogos curtidos. Naturalmente –suele pasar–, es una de esas mentiras más verdaderas que lo verdadero. Como Groucho aconseja –cita legítima– a los tiempos futuros, «citadme, diciendo que me citáis mal».
El actual presidente del Gobierno español es un hombre de principios. Casi tanto como hombre de principios era su patriarca don José Luis Rodríguez Zapatero. Una lógica elemental movería a pensar que acabará el primero en la misma autopista hacia el presidio, cuyo camino de cruz recorre ahora aquel a quien la onda de un 11M trágico depositó en la Moncloa. Pero no es sensato sacar conclusiones precipitadas. Dos talantes morales similares pueden, si el tiempo y las circunstancias así lo quieren, desencadenar efectos divergentes.
A Zapatero, parece ya difícil que consiga nadie ponerlo a salvo del abismo penal que se atisba en la instrucción del juez Calama. Sánchez puede todavía soltar lastre. Y sobrevivir. Soltó a Ábalos, tiró por la borda a Cerdán… ¿Acabará por no saber qué hacía en su domicilio la hija no licenciada de Sabiniano? Nadie deseche esa hipótesis: un momento cumbre. Groucho de nuevo. Con garantía de autenticidad: «Conozco a centenares de maridos que volverían felices al hogar si no hubiera una esposa esperándolos». ¿Qué mejor modo de volar libre de todas cuantas responsabilidades penales? ¿Qué garantía más segura de perpetuarse en el poder como el único honrado que entregó, uno tras uno, a todos sus corruptos, incluida la más preciada? ¿Recuerdan el maravilloso diálogo entre detective enamorado y asesina seductora al final de la obra maestra de Dashiell Hammett: «Si te condenan a veinte años, te estaré esperando… Si te ahorcan, siempre te recordaré»? Inmensa literatura.
Y, ¿cómo un hombre de principios podría afrontar lo que los lógicos llaman el imposible de enunciar simultáneamente «A» y «no-A»? Es sencillo. Esa variedad de delincuente que es el político profesional sabe que en la política nada cuentan las verdades. El inefable Zapatero lo había confesado en uno de los momentos más regocijantes de la historia editorial moderna. 2003. «Prólogo» a libro de su entonces colega Jordi Sevilla: «Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas». Patada al diccionario y hoguera al libro fundacional de Destutt de Tracy que acuñó el término ideología. ¡Bien hecho! Los diccionarios y la erudición tan sólo lastran al político. Para llegar a Zapatero, está exigido tener el cargamento neuronal de un Zapatero. Parece lógico. ¿Para llegar a Sánchez? No, lo fascinante es que, para llegar a Sánchez, no basta sólo con ser un buen plagiario de tesis doctorales.
Ejemplo.
Desagradables motines callejeros movidos por las consecuencias –buenas, malas o nulas– de lo que legislaron Boyer y Borrell. Quienes, guste o no, exhibieron el mismo carnet PSOE que hoy erige en banderín de enganche el yerno de Sabiniano. ¿Anulamos esas normas? Imposible: el más que conservador Junts nos cortaría el gaznate; o, de no hacerlo, sería el suyo propio el gaznate degollado por la aún más reaccionaria –que ya tiene mérito– Alianza Catalana. ¿Las mantenemos? Los escaños de la peripuesta señora Díaz y de las portavoces del tabernario señor Iglesias se irían al carajo.
¿«A» y «no-A», simultáneamente? ¡Qué tontería! ¿A qué pardillo podría pasársele por la cabeza jugar a la lógica en asuntos de cachicuerna y pescuezo? ¿Que, incluidos en un solo decreto, la eternidad y la no eternidad de los alquileres se contradicen? ¡Pues vaya simpleza! Se mete «A» en un decreto. Y «no-A» en otro distinto. Se aprueban –o no– por separado. ¡Y a ver quién nos viene ahora con cursiladas lógicas!
«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». El erudito cinéfilo sabe que la atribución de esa cita a Groucho Marx es falsa. ¡Y qué más da! Esta otra es auténtica: «él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota». Infalible.