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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Los muertos

Los últimos informes académicos cifran el número de letras que es capaz de leer hoy un estudiante español: con exactitud, algo menos de un página. Comprenderlas, ya es otra cosa

«…Y escucho con mis ojos a los muertos». Los muertos nos habitan. Los muertos somos nosotros. Eso nos conmueve en los libros. Nada más que eso. Y tan sólo saberlo nos da en bloque lo idéntico de la ética y la estética. De aquellos que no están, nos viene el chispazo de absurda bondad, el chispazo de inesperada belleza que se impone sólo el tiempo de un instante a toda tiniebla. Nada más.

Los muertos me están mirando ahora con sosiego desde los anaqueles de mi biblioteca. Son lo mejor que ha existido en la especie humana. Tan horrible ella, en sus términos más universales. Tantas veces me quedo quieto, silencioso, en el epicentro de esta habitación en penumbra. Y algo que se parece a lo que me han contado que debe ser llamado felicidad me atraviesa. Sin voces resonantes ni proclamas: toda grandilocuencia ofende al tenue encaje de las letras bien escritas. Los libros que no contenían eso fueron ya a la basura. Hace tiempo.

Me vuelve entonces –siempre es así– la memoria de aquel gran señor del siglo XVI que impuso a los preceptores de su recién nacido hijo dirigirse a él tan sólo en latín y griego clásicos, antes de que comenzase a hablar la vulgar lengua de su país nativo. Aquel padre opulento había dilapidado, con placer suntuoso, buena parte de su no poca fortuna en adquirir pacientemente los volúmenes de una de las más extraordinarias bibliotecas de su tiempo. Apenas sabía leer. Y, desde luego, no conocía una sola palabra de lenguas clásicas. Le daba igual. Ya adulto, aquel hijo, que aprendió a hablar en latín y en griego antes de hacerlo en el francés del cual sería el primer prosista moderno, iba a dibujar el más conmovedor retrato de un padre analfabeto, dispuesto a arruinarse para hacer de la vida de su hijo un paraíso de libros, lo que es lo mismo, de fantasmas.

Y la imagen del Señor de Montaigne, inmóvil en el cruce de aquella infinita biblioteca, ninguna de cuyas páginas le sería jamás dado descifrar, dejándose atravesar por los rayos de luz de esos prodigios para los cuales él estaba condenado a permanecer ciego, es el más bello canto a la paternidad que haya sido escrito nunca. El que lo lea hoy, en los cincelados Ensayos de Michel Eyquem de Montaigne, sabrá quizá percibir a qué punto de degradación anímica ha llegado nuestro siglo.

Los últimos informes académicos cifran el número de letras que es capaz de leer hoy un estudiante español: con exactitud, algo menos de una página. Comprenderlas, ya es otra cosa. En la compacta edición de La Pléiade, que reproduce la del año 1595, los Ensayos ocupan 1975 páginas. De placer puro. Para estos residuos humanos en cuyas cabezas no cabe más de un folio, recomiendo aquí –a modo de consuelo a la impotencia moral– la lectura de la página 196 (I, 27). Podrán hacerse una idea –aunque sea tenue– de los placeres que su eunuquismo les hace inaccesibles. Iba a citar el pasaje. Sería ofensivo. A cada cual dar con su vía de acceso. O abandonarse a la esterilidad satisfecha.

Los muertos sólo no son estériles. A los que hemos decidido abandonar nuestra vida entre sus lápidas, que pueblan las estanterías de lo único que importa, la biblioteca, algo al menos nos llega de su lejano susurro. Y ese susurro, nada más que ese susurro, justifica una vida de hombre. ¿Lo demás?, ¿los demás?, ¿los que dicen llegar exhaustos a algo menos de una página? Sombras. Sólo. Viven los muertos. En minúsculas hornacinas de letras. Que habitan ya en muy pocos. «… Y escucho con mis ojos a los muertos».

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