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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Partido-Narco: sólo asco

No es nuevo lo de dar a los jueces un escarmiento. Fue rutina en la caótica Italia de los años ochenta y noventa, con un pie en el estribo de la guerra civil... El verbo «eliminar» cubre un campo semántico cuyas fronteras son difusas. Repugnantemente difusas. En la prolija escala de lo delictivo

«A mí no me hubiera gustado ser la Beatriz». La Beatriz es una juez. La juez que instruía el procedimiento contra el hermano artista del presidente del gobierno. Era el año 2024. El «hombre enamorado» Pedro Sánchez ha amagado con marcharse, tras el inicio de la investigación judicial contra su esposa. Y esa que, dos años después y en su florida jerga, cuenta por qué no le hubiera gustado ser Beatriz entonces, ejerce de matriarca en un pútrido clan narco con algún que otro cadáver a cuestas.

Había recibido un sustancioso encargo en esas fechas: «eliminar» a la magistrada Beatriz Biedma. El contratante: la red –que el PSOE pagaba por orden de Cerdán–, a cuya cabeza opera la pestilente fontanera del partido. ¿Moneda de cambio? La vista gorda que la Fiscalía haría hacia los tráficos de la banda. Porque, ¿quién no sabe ya a qué órdenes debe ajustarse la Fiscalía? «Pues ya está». La jefa del clan narco se asusta: eliminar a una juez es excesivo. Incluso para su tribu. Además, ¿quién con honor se avendría a dar fe a las promesas de un político?

Por los mismos días de 2024, el sutil Patxi López bramaba su fe moral desde Ferraz: «¡Yo, con Begoña!». Y él era también millones, aseguraba. Millones, todos a coro, tras el luminoso sendero que iba marcando el enamorado yerno de Sabiniano: «Yo, nosotros, todos, con nuestra inmaculada lideresa». También con su cuñado músico, al cual –¡pobrecito!– estaba acorralando esa patulea prevaricadora de unos magistrados que se empeñan en no entender que a la esposa de un presidente nadie puede exigirle licenciatura en nada para ser catedrática universitaria. Ni al hermano de un presidente, es lícito hacerlo pasar por un tasado concurso de méritos para plaza en conservatorio. ¿Pidió acaso alguien cuentas a un plagiario de tesis doctoral para ser presidente del gobierno? Exigir a la esposa o al hermano aquello de lo que el cónyuge está exento, ¿no será acaso una variedad refinada de micromachismo?

Eran los mismos días. La empleada del partido del tal cónyuge y hermano anudaba contrato de servicios con el clan narcotraficante que «quitase de en medio» a la desconsiderada juez que nada había entendido del respeto que se debe al hermano de un líder carismático. Y a su esposa. También a la respetable red de burdeles familiares que asentó su emprendedora bonanza.

No es nuevo lo de dar a los jueces un escarmiento. Fue rutina en la caótica Italia de los años ochenta y noventa, con un pie en el estribo de la guerra civil... El verbo «eliminar» cubre un campo semántico cuyas fronteras son difusas. Repugnantemente difusas. En la prolija escala de lo delictivo. Hasta llegar a aquella media tonelada de explosivos que trituró al juez Falcone en mayo de 1992, junto a su colega la juez Morvillo y tres de sus escoltas. Y, dos meses y medio después, al juez Borsellino y a los cinco policías que lo protegían. Esa vez, la Cosa Nostra redujo costes: 110 kilos tan sólo de TNT.

Sabíamos que estábamos gobernados por una mafia… Pero esto… El narco puro y simple. En su variedad aldeana. A punta de cachicuerna y recortada. Ni en Sinaloa se hacen las cosas de un modo tan bestia. Hasta para la sórdida red de apoyos mutuos que hizo zozobrar toda conciencia moral en la política española es excesivo. Inimaginable. Casi.

La información de Alejandro Entrambasaguas en El Debate tiene algo de aquellas desalmadas novelas negras de la gran época: las de un Horace McCoy muy sucio, por ejemplo. Habla de una realidad más sórdida, más mugrienta que la de cualquier relato hard-boiled. Habla de un presidente cuyo hermano estaba entonces en trance de ser juzgado por delitos que avergonzarían a un ratero de callejón. De un presidente cuyo partido pone al frente de sombrías mafias a su fiel navegante de cloacas. Le otorga sueldo para que libere de pasar vergüenzas al fraterno delincuente. La tal estercolera habría ofrecido trato a criminales locales para rematar la faena. Objetivo ejemplarizante: «eliminar» a aquella juez Biedma, que estaba poniendo en riesgo ese sosiego que era tan esencial para el artista incomprendido de la familia. No, tampoco es que se trate de matar a la juez. De amedrentarla sólo. Eso se dice siempre. Pero es que la que sabe, sabe. Y la matriarca del clan narco lo tiene claro: «A mí no me hubiera gustado ser la Beatriz…». Rechaza el trato.

En la Italia de los años ochenta y noventa se diseñó el modelo. Todo juez que abría procedimiento contra redes mafiosas se sabía sentenciado a que lo «eliminasen». Muchos lo fueron. No a punta de navaja. Camorra y Cosa Nostra hacían gala de aparataje militar de más envergadura. Fue una guerra sanguinaria, que la Italia del sur aún no ha acabado de pagar. Ecos de aquel desasosiego nos vuelven ahora en esta España de enjuagues entre capataces sanchistas y navajeros narcos. Y no hay escalofrío épico aquí. Hay sólo asco.

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