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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

Pedro Sánchez Tenorio

Un partido que se hace llamar obrero español, reunido para celebrar las excelencias sentimentales de su secretario general. Los problemas de los trabajadores pueden esperar: el jefe está enamorado y conviene que España lo sepa antes del informativo

Se ve y se nota. Todo tiene ese aire de impostura que ni los aplausos consiguen disimular. Los palmeros baten palmas, los cortesanos componen el semblante y los bufones de la concurrencia celebran la nueva producción del sanchismo: una tragicomedia amatoria donde el amor puro comparece ante las cámaras para hacerse cargo de las explicaciones que nadie ofrece.

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El Debate (Asistido por IA)

Esta vez tocaba representar la virtud conyugal. Se rescata a la dama de la sauna, se la viste de rojo –lo propio– y se la sitúa en el teatro del Comité Federal como inocente diva y musa del sanchismo. El marido enamorado ocupa su puesto. La concurrencia contiene el aliento, aunque conoce el desenlace: habrá declaración, habrá beso y habrá ovación. Lo único que podría sorprender sería una pregunta.

Pedro Sánchez Tenorio sale a escena. Le falta la capa, pero le sobra aparato. Su doña Inés viste de rojo y el convento lo pone el Comité Federal, cuyos integrantes profesan una obediencia que ya quisieran para sí muchas órdenes religiosas. Allí nadie rompe la clausura del entusiasmo.

¡Ay, el amor! ¡La pureza! ¡La honestidad! Qué sentimientos tan oportunos cuando hay cámaras delante y un partido entero dispuesto a ejercer de testigo matrimonial. El esposo proclama su pasión; los cortesanos la reciben como si acabara de anunciar una rebaja de impuestos. Hay quien aplaude con las manos y quien parece hacerlo con todo el porvenir profesional.

La cursilería alcanza dimensiones de asunto de Estado. Uno espera que aparezca un violinista entre los ministros, que caigan pétalos sobre la Ejecutiva o que algún secretario de organización, vencido por la emoción, solicite.

Y en medio del jardín del Edén, la dama de las saunas elevada a musa de la virtud partidaria. La expresión pertenece a esta caricatura de una escenografía que pretende perfumarlo todo: el presente, los antecedentes y hasta las preguntas. Basta colocar suficientes flores para que nadie repare en lo que queda debajo de la alfombra.

El público entregado cumple su cometido. Aclama a la diosa del amor y al amante esposo, víctima junto a ella de un mundo cruel donde todavía hay quien considera que un presidente debe dar explicaciones, incluso después de haberse declarado enamorado. ¡Qué oposición tan insensible! ¡Qué incapacidad para comprender la política sentimental! No saben amar. Ni siquiera saben quedarse callados mientras los demás representan que aman.

Brindis amatorio, beso apasionado, ovación prolongada. El Comité se transforma en un salón de bodas donde todos conocen al padrino y ninguno quiere perder la invitación al siguiente banquete.

Porque esta es una de las especialidades de la casa: convertir cualquier dificultad en una ceremonia de adhesión al jefe. Si hay controversia, se organiza un homenaje. Si arrecian las preguntas, se estrecha el abrazo. Si el ambiente se enrarece, se sube el volumen del aplauso. Al final, el ciudadano termina contemplando una escena de amor cuando había acudido esperando una explicación. Y todavía debemos agradecer el espectáculo.

Se pretende que la ternura pública produzca una especie de indulgencia general. Que el beso enternezca las dudas, que la ovación ahogue los reparos y que la palabrería afectada de amor desbordado nos convenza de que, entre tanta delicadeza, resulta de pésima educación recordar cualquier asunto desagradable.

¡Cómo van a tener algo que explicar, si se quieren tanto!

La frase podría presidir el próximo Comité Federal. Debajo, una fotografía del beso; a los lados, los palmeros; al fondo, los cortesanos aguardando la señal para ponerse en pie. Todo muy espontáneo, naturalmente. La espontaneidad del poder siempre encuentra a la concurrencia perfectamente colocada. Lo patético de la tragicomedia está precisamente en su afectación. Se les nota el empeño. Se les ve buscando la emoción que debe recogerse en el primer plano. Tanto subrayado sentimental termina por descubrir el artificio. El espectador distingue el momento exacto en que el afecto privado se convierte en material de propaganda y el partido comienza a trabajar de agencia matrimonial.

Un partido que se hace llamar obrero español, reunido para celebrar las excelencias sentimentales de su secretario general. Los problemas de los trabajadores pueden esperar: el jefe está enamorado y conviene que España lo sepa antes del informativo. Ya vendrán otros a ocuparse de la vivienda, del sueldo y de llegar a fin de mes. Allí se estaba resolviendo una urgencia superior: conseguir que el país confundiera el arrobamiento de la primera fila con una razón para seguir confiando.

Pero se ve y se nota. Bajo la miel asoma el cálculo; detrás del suspiro aguarda el fotógrafo. Y el aplauso, tan entusiasta, parece mirar de reojo al reparto de papeles de la próxima función. Pedro Sánchez Tenorio puede recoger las flores. La dama puede saludar. Los cortesanos pueden prolongar la ovación hasta que les duelan las conveniencias.

La cursilería ha sido un éxito de público entre los invitados. Ni para el teatro sirven: al apuntador se le ve más que a los actores.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
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