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La España estrambótica

España ha alcanzado una sofisticación política admirable. Ya no necesitamos que Valle-Inclán escriba esperpentos. Los fabricamos a diario. Con dinero público, rueda de prensa y tertulia nocturna. Aquí puede ocurrir de todo y simultáneamente

Una anciana de 87 años afronta el desahucio de la vivienda donde lleva más de setenta. El caso provoca indignación, concentraciones y acusaciones de la izquierda populista, siempre necesitada de un clavo ardiendo para conservar un puñado de votos. Sánchez anunció en 2023 que movilizaría 184.000 viviendas públicas y asequibles. Después llegaron nuevos planes, portales y anuncios. Pero la señora, su silla de ruedas y una orden de desahucio bastan para que media política española descubra la vivienda.

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El Debate (Asistido por IA)

Es una especialidad extraordinaria: gobernar durante años y manifestarse después contra las consecuencias. El poder protesta contra el poder. Hasta una vicepresidenta pide movilizarse contra su propio Gobierno. Solo falta que Moncloa organice una concentración frente a Moncloa. La prometida legislatura de la vivienda amenaza con convertirse en la legislatura de la tienda de campaña. El Gobierno anuncia pisos. Sus socios aportan pancartas. Los ciudadanos siguen buscando alquiler. Entre tanto anuncio, alguno terminará preguntando si las viviendas se entregan con llave o con enlace a una rueda de prensa.

Entretanto, mujeres de Ceuta incorporan al bolso el spray de defensa. Llaves, teléfono, monedero, pintalabios y gas pimienta. Algunas informaciones hablan de aumentos de ventas de hasta un 600% en determinados establecimientos. España, siempre innovando. La izquierda proclama que una mujer debe poder caminar sola y borracha. De acuerdo. Pero hay ceutíes que compran sprays precisamente porque sienten miedo. Uno esperaría un estruendo feminista. La respuesta parece bastante más discreta. Quizá el feminismo institucional tenga problemas con el GPS y siga buscando Ceuta.

Lo sublime llegó cuando Ana Vázquez llevó uno de esos sprays al Congreso para denunciar la situación. Entonces surgió el gran debate. El problema era el bote. La presidenta ordenó retirarlo del hemiciclo por considerarlo un arma. Magnífico. Mientras Ceuta reclama seguridad, recursos y soluciones, Madrid discute sobre el spray. Vacío, lleno, homologado o metafísicamente armado. Gila habría hecho maravillas: —¿Está el enemigo? —No, pero tenemos localizado el spray.

Aparecen informaciones sobre las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero. Y para completar el cuadro, la petición de su defensa de apartar a la joyería Yanes de la valoración. Su director general había adelantado una estimación en televisión. Tenemos las joyas y la disputa sobre quién debe tasarlas. España podrá atravesar graves problemas, pero jamás descuida los complementos. Quizá acabemos creando una comisión parlamentaria para determinar cuánto vale un collar después de publicidad.

Mientras tanto, continúa Ceuta. Llamémoslo ataque híbrido, presión migratoria instrumentalizada o crisis fronteriza. La pregunta es más sencilla: ¿cómo termina? Administramos magníficamente lo provisional. Tenemos comités, comparecencias, decretos y coordinadores. Incluso coordinadores de los coordinadores. Cuesta encontrar la salida. ¿Cuál es el plan para recuperar la normalidad? El ciudadano pide resultados. Recibe terminología. Solicita medidas. Le ofrecen una comparecencia. Pregunta por los plazos. Le explican la complejidad. A este paso, la solución llegará encuadernada en tres tomos. Con prólogo ministerial y ninguna fecha.

Entonces llega la explicación universal: la extrema derecha. Sube el alquiler: extrema derecha. Hay problemas en Ceuta: extrema derecha. Una protesta se descontrola: extrema derecha. Si mañana llueve durante un desfile, algún portavoz investigará la ideología del anticiclón. Para culpar siempre a otro no hacen falta tantos ministros. Basta un community manager.

De momento nos ocupa la Puerta del Sol. Nuestro oso permanece impávido. Él y el madroño ya han sufrido el entusiasmo revolucionario. El oso nunca ha desahuciado a nadie. Quizá se le reproche ocupar suelo céntrico sin permiso de la asamblea. También ha aparecido vandalizada la placa de los trece asesinados por ETA en la cafetería Rolando. Aquí termina la broma. Reclamar vivienda no autoriza a agraviar a las víctimas. La memoria democrática empieza por respetarlas. Todas. El Ayuntamiento denuncia cuchillos y otros objetos que considera peligrosos. Uno aparece junto a pan y hummus. Conviene precisar. Una fotografía no convierte una cocina en arsenal. Tampoco una pancarta concede patente de inocencia.

Los comerciantes también existen. Los vecinos también descansan. Los trabajadores también atraviesan la plaza. Pero carecen de la ventaja de hablar en nombre de la humanidad. Solo pretenden abrir su negocio, llegar a casa o pasar. Aspiraciones modestas. Casi sospechosas.

Pero el gran enemigo es el reloj. ¡Da los cuartos! ¡Y las medias! Así no hay quien duerma ni quien asalte los cielos. La revolución exige silencio. El bronce insiste en dar la hora.

Habrá que convocar una asamblea. Declarar reaccionarias las dos y cuarto. Someter las tres y media a vigilancia antifascista. Acampar bajo un reloj y protestar porque suena tiene su mérito. Lo siguiente será dormir junto al mar y denunciar a las olas. Asaltar los cielos, sí. Después de ocho horas de sueño.

Existe, además, un precedente alentador. De la anterior acampada salió una carrera política que llegó a una magnífica residencia en Galapagar. El camino era transitable: de la lona al chalé. El asalto a los cielos admitía jardín. Cierta izquierda empieza combatiendo privilegios. Termina explicando por qué los suyos son distintos.

La vivienda necesita soluciones. Ceuta, seguridad. El patrimonio, respeto. Las víctimas, memoria. Pero convertimos cada problema en un espectáculo lateral. La vivienda acaba en pancarta. La inseguridad, en un bote spray. Ceuta, en una disputa semántica. Las joyas, en una guerra de tasadores. La responsabilidad siempre pertenece al vecino.

El oso debería solicitar protección. Vive en el centro, tiene patrimonio y todavía no ha condenado al capitalismo. Antes íbamos al teatro para contemplar el esperpento. Ahora encendemos el telediario. La entrada parece gratis. La función la pagamos todos.

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