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García-Page: las palabras también envejecen

La historia de España no reserva su reconocimiento a quienes conservaron durante más tiempo el cargo, sino a quienes supieron entender cuándo el cargo dejaba de ser un patrimonio personal para convertirse en un instrumento al servicio de la nación

Hay políticos a los que se conoce por lo que hacen como a otros por lo que dicen. Emiliano García-Page lleva años instalado en una crítica dura, reiterada a la dirección de su partido. No es un matiz aislado. Son años de advertencias: los pactos, la deriva institucional, la relación con el independentismo. Sus palabras han sido, en ocasiones, inequívocas. No se sabe si habla para consumo interno, para un electorado abandonado a su suerte por el sanchismo, o cuando habla como un patriota. El color gris es el color de su divisa. Un tono mediocre e inocuo. No quiere autodinamitarse pero quiere responsabilizarse. ¡Qué difícil entelequia en la que se mueve! ¿Para qué sirve una crítica si nunca acarrea consecuencia alguna? Por respeto al debate público es exigible una coherencia mínima entre el diagnóstico y la acción.

Si lo que está en juego es tan grave como se afirma, ¿por qué todo queda siempre en palabras? En los últimos meses, García-Page ha calificado de «dramática» la situación que genera «respuesta contundente», y ha expresado dolor e indignación. Son palabras serias, duras. Pero sin traducción práctica. Es legítimo disentir dentro de un partido. Es legítimo permanecer. Pero hay un punto en el que la reiteración de la discrepancia sin efectos empieza a parecerse demasiado a una escenografía. Una escenografía desgasta no solo a quien la protagoniza, sino a la propia palabra política. Ese desgaste hace viejas sus palabras para convertirse en mero estribillo de una música sin letra.

Quizá el problema no sea García-Page, sino el papel que ha terminado por representar: el del discrepante permanente cuya discrepancia nunca altera nada. Como ciudadanos pregunto e insisto en contrastar palabras con hechos. Porque puede llegar un momento en que las palabras, por lúcidas que sean, ya no basten. Y resta preguntar a García-Page, no qué piensa, sino... ¿Qué está dispuesto a hacer como consecuencia de todo eso que piensa?

Los ciudadanos nos preguntamos si el dirigente de Castilla-La Mancha, tan en las antípodas con el sanchismo, no podría barajar alternativas que impulsaran un cambio para, sumando a la coalición de PP-Vox, alterar el cambio urgente que España necesita. Sr. García-Page, si ha leído libros de historia de España, son muchas las veces donde la voluntad generosa de un líder ha servido para salir de un gran problema, pero naturalmente hace falta ser un líder y priorizar la razón de Estado a la poltrona del poder autonómico. Usted es socialista por convicción y su apoyo a la legislatura de su partido puede entenderse, pero usted mismo, al liderar la crítica sobre la misma, contrae una deuda de coherencia con sus palabras. Usted habla de España en su verdadera magnitud, pero olvida que apoyar a España no es solo manifestarlo; hay siempre detrás de esas manifestaciones sentimientos de honor, lealtad y honradez. Por ello me viene a la mente recordarle aquello que Winston Churchill dijo al criticar a Neville Chamberlain por los Acuerdos de Múnich de 1938: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegisteis el deshonor y tendréis la guerra».

La cita no convierte a García-Page en Chamberlain ni permite equiparar circunstancias históricas tan distintas, pero encierra una enseñanza que trasciende aquel episodio: las decisiones que se aplazan por prudencia pueden terminar imponiéndose más tarde en condiciones mucho peores. La historia no suele exigir a los gobernantes que adivinen el futuro, pero sí que respondan ante aquello que dicen haber comprendido. Y García-Page lleva demasiado tiempo asegurando que comprende la gravedad del presente como para refugiarse indefinidamente en la condición de mero observador. Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera permite mantenerse fiel a unos principios; la segunda obliga a medir las consecuencias de los actos, pero también las de la inacción. García-Page parece acogerse a la convicción cuando denuncia la deriva del sanchismo y a la prudencia cuando llega el momento de actuar. Sin embargo, ambas éticas no deberían excluirse, sino encontrarse precisamente allí donde la responsabilidad política adquiere su mayor sentido. Gobernar no consiste únicamente en conservar una posición desde la que decir la verdad, sino en aceptar el coste que puede exigir defenderla.

También Edmund Burke recordó que el representante no debe a sus electores solamente su esfuerzo, sino su juicio, y que traicionaría su misión si lo sacrificara a la conveniencia. El presidente castellano-manchego dispone de autoridad institucional, experiencia y una mayoría electoral propia que no nació de la imitación servil del sanchismo, sino en buena medida de haberse presentado como algo distinto dentro del socialismo. Esa singularidad que tantas veces reivindica lleva aparejada una responsabilidad igualmente singular. No puede beneficiarse políticamente de representar la resistencia interna y al mismo tiempo, declararse impotente cuando esa resistencia debería manifestarse.

Tal vez no esté en su mano resolver por sí solo la crisis política española, pero sí promover movimientos, reclamar rectificaciones concretas, condicionar apoyos y asumir públicamente los riesgos de una posición coherente. Su influencia no se mide únicamente por el número inmediato de votos que pueda reunir, sino por su capacidad para romper una disciplina que parece inamovible mientras nadie se atreva a desafiarla. En ocasiones, basta con que uno dé el primer paso para que otros descubran que también podían caminar.

La historia de España no reserva su reconocimiento a quienes conservaron durante más tiempo el cargo, sino a quienes supieron entender cuándo el cargo dejaba de ser un patrimonio personal para convertirse en un instrumento al servicio de la nación. García-Page todavía puede elegir cómo desea ser recordado: como la conciencia verbal del socialismo que protestó sin alterar nada, o como el dirigente que, llegado el momento, hizo que sus palabras dejaran de ser viejas para convertirse en una decisión.

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