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Ojo avizorJuan Van-Halen

Los perroflautas y la tricolor

No creo que aquella República deba servir de espejo a una hipotética nueva experiencia republicana. Parece pretenderse cuando en algaradas y ahora en Sol tremolan banderas tricolores, una enseña histórica; solo eso

Padecemos martingalas del sanchismo para que sepamos lo que nos esperaría si Sánchez, pese a pucherazos más o menos evidentes, perdiese las elecciones. Se ocupan espacios públicos, se montan algaradas con incendios, devastaciones y robos a comercios. De alguna manera sirven a Sánchez. Lo prueba que Sol permanezca todavía ocupada y sean los perroflautas quienes deciden cuándo abandonarán; parece que tras la huelga fake del día 11 contra la oposición, no contra el Gobierno, sin precedentes en las democracias europeas. Sucede en España porque Unai Sordo y Pepe Álvarez, los bien pagaos, sirven al amo. Deberán ser desenmascarados ante los ciudadanos y los trabajadores y recibir menos dinero público. Serán sindicalistas y no agradecidos trincones.

Los perroflautas y la tricolor

El Debate (asistido por IA)

En Sol reapareció la bandera tricolor de la segunda República. Los acampados parece que han leído poco y sesgado. Es legítima la opción republicana, pero no entiendo que se plantee la reedición de una República fracasada que nada resolvió y en 1934 dio un golpe revolucionario en Asturias con casi dos mil muertos, porque sus adversarios habían ganado las elecciones. Era su sentido democrático. Aquella República fue una experiencia fallida, recibida con alborozo callejero hábilmente inducido. Llegó por el irregular procedimiento de unas elecciones municipales que, además, perdieron las candidaturas republicanas.

El Gobierno republicano nunca hizo públicos los resultados electorales del 12 de abril. La Embajada inglesa, desde sus servicios de inteligencia, trasladó a Londres las cifras de votos con la suma de actas de las mesas: algo más de 23.000 concejales monárquicos frente a 3.501 concejales republicanos. En el medio rural arrasaron las candidaturas monárquicas y en las grandes ciudades ganaron las republicanas. Alfonso XIII, medroso y urgido, abandonaría el país. Cuenta Josep Pla, insigne cronista de aquellos días, que el dirigente socialista Fernando de los Ríos le confesó, en la mañana del 13 de abril: «En dos años habrá una República en España». Nadie pensó que las elecciones municipales supondrían un cambio de régimen. Al día siguiente era ministro de Gracia y Justicia.

La República se convirtió en enemiga de sí misma. Ninguna facción admitía una República que no fuese la suya. La Constitución de 1931, no sometida a referéndum, representaba a una mitad de España contra la otra mitad. El presidente de la Comisión Constitucional, Luis Jiménez de Asúa, la definió en el Congreso: «Una Constitución avanzada, democrática y de izquierda». No se contemplaba la alternancia.

Se empleó la fuerza contra gobiernos de signo contrario. Así la sanjurjada de 1932, la revolución de Asturias de 1934, que ya cité, y el golpe fracasado de 1936 que desembocó en la guerra civil. Que un intento de golpe desemboque en una guerra evidencia la división de España. La izquierda radical impidió cualquier pacto que los sublevados tampoco buscaban. La guerra se produjo y duró porque eran pueblo las dos partes en armas. No era un cuartelazo más de tantos que padecimos en el XIX. Los cinco años de República conocieron un creciente radicalismo, enfrentamientos y violencia política cuya responsabilidad, analizada ya en el siglo XXI, se debió principalmente a la izquierda radical que aspiraba a una revolución sovietizada. Lenin predijo, ya en 1920: «El segundo país de Europa que establecerá la dictadura del proletariado será España».

Largo Caballero anunció ante las elecciones de febrero de 1936: «Si los socialistas son derrotados en las urnas irán a la violencia pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos». Los tuvieron. Consideraba fascistas a sus adversarios políticos. ¿Qué nos recuerda? En un mitin de noviembre de 1933, había señalado: «Tenemos que luchar como sea hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista». Y no buscaba conseguirlo por vía democrática.

Sería ceguera no admitir que las urgencias revolucionarias de una izquierda extrema, representada por comunistas, anarquistas y el largocaballerismo socialista, junto a la falta de visión y blandenguería de Azaña, juzgado hoy con excesiva benevolencia, deslizaron la experiencia republicana hacia el caos. Las posiciones razonables de Besteiro y moderadas de Prieto resultaron desbordadas. Mientras, una supuesta extrema derecha en formación era irrelevante en cuanto a su influencia en las masas. El centro-derecha que soñaron Alcalá-Zamora, a un lado, y Gil Robles, al otro, zozobró ante las amenazas y presiones del extremismo.

No creo que aquella República deba servir de espejo a una hipotética nueva experiencia republicana. Parece pretenderse cuando en algaradas y ahora en Sol tremolan banderas tricolores, una enseña histórica; solo eso. Representa el pasado, no el futuro. La Primera República no cambió la bandera nacional. Ahora asistimos a la apología de la República de 1931, presentada como ideal, en un ejercicio de reescritura de la Historia, pasando una goma de borrar por lo que a una parte no le gusta. En eso ha profundizado la vengativa y perniciosa ley de Memoria Democrática.

P.D. Creo que Sánchez prescindirá de Puente; es un lastre. Si no lo hace se equivocará. No bastará con cortar cabezas en Adif. Puente eligió ser un insultador impenitente y hortera. Tipo impresentable, gestor desastroso y sanchista sumiso hasta el ridículo. Responsable político de Adamuz, Urda y el caos ferroviario. Y un cínico: «Me van a hacer pasar un calvario», dijo desde su chulería habitual. Calvario el de las familias de las víctimas de su ineptitud. Puente, coleccionista de catástrofes y contador de cadáveres. Y sin nada que reprocharse.

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.
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