Con o contra Sánchez, con fondo rosa
Nuestro Gobierno social-comunista crea pobreza y amplía la riqueza de los suyos. Por eso, entre otros motivos, favorece una inmigración incontrolada, subvencionada generosamente, que lleva a que los servicios públicos se resienten y se agrande el muro social
Con o contra Pedro Sánchez. Esa es la campaña. Las urnas del 29-N van de eso. Sánchez se refiere sólo vagamente a sus realizaciones porque no ha hecho casi nada positivo que no se encaminase a recolectar votos con subvenciones y ayudas. Y sin Presupuestos. Desterró la vivienda como eje de campaña porque saltó Montse rodeada de buitres. Un tertuliano zurdo contraatacó recordando viviendas de políticos de la oposición, pero ellos no condenan la propiedad privada ni a quien tenga pisos y los alquile. El socialismo sí, y miente. Sánchez excluyó de sus listas a propietarios de varias viviendas. ¿Qué espera para autoexcluirse?
El gran problema de España es la decadencia moral e institucional. Y sus resultados. Se daña mortalmente a la clase media. La realidad se convierte, cada vez más, en una amalgama de negocios inactivos por persecución o cansancio. Nuestro Gobierno social-comunista crea pobreza y amplía la riqueza de los suyos. Por eso, entre otros motivos, favorece una inmigración incontrolada, subvencionada generosamente, que lleva a que los servicios públicos se resienten y se agrande el muro social. Los ciudadanos no pueden adquirir viviendas, y al que las tiene se le persigue, se enfrentan a una cesta de la compra prohibitiva y la carestía general se desboca. Los inventos «progresistas» conforman una sociedad débil, acomodaticia y manejable.
Al tiempo, la Educación se vampiriza y se desarraiga. La Europa comunista, y en vanguardia la URSS, conformaba sociedades de titulitis vendidas como ascensos sociales que, desde aquella falsa realidad, acababa siendo un fraude. Aumentaban los titulados, pero trabajaban al servicio del Estado-amo que se los había otorgado. La gente sufría, pero los suyos mejoraban. Lo hemos visto en España donde ministras comunistas pasaron de los vaqueros a lujosos trajes, y sus familias saltaron de pisitos en barrios populares a ostentosos casoplones campestres con piscina y servicio. Una izquierda caviar que aspira a vivir del cuento el mayor tiempo posible. Su sueño cumplido. En la URSS los dirigentes del partido residían en lujosas dachas mientras el pueblo pasaba hambre. Sánchez aseguró su optimismo sobre las elecciones del 29-N, consideró que podría seguir gobernando «de una manera o de otra» y concluyó: «Porque creo conocer bien a la sociedad española». Nos cree memos. ¿Y de qué otra manera gobernaría sin ganar las elecciones? Nueva versión del pucherazo al que es adicto. Otra vez.
Si se cumpliese su optimismo, Sánchez gobernaría tras su muro entre españoles sin cruzarlo por miedo y con una protección férrea a lo Ceaușescu. La Rumanía comunista y su final es un ejemplo. El líder se había considerado carismático y adorado por su pueblo. Fingía una democracia popular que nadie creía. Incluso condenó la invasión de Checoslovaquia por la URSS. Viajé a Bucarest con una comisión del Senado al poco de caer el comunismo. Los rumanos, quietos y callados durante 24 años, despertaron contra el dúo Ceausescu y Elena, viceprimera ministra nombrada por su marido. Proclamaban en público su amor. Es curioso ese apego de los autócratas a mostrarse amorosos para despertar emociones y convertirlas en influencia política. Es el caso de Ortega que nombró a Rosario, su esposa, copresidente de Nicaragua; de Kirchner y su esposa Cristina, sucesora en la presidencia argentina; o el histórico ejemplo de Perón y Evita. Resulta inevitable recordar el beso de Sánchez y Begoña. Una cursilería de la emoción sobre el relato y con fondo rosa. Y aumenta el número de bailarines. A Iceta y Maduro se suma Sánchez. Me pareció más auténtica la bofetada de Brigitte a Macron en el aeropuerto de Hanói. Sánchez quiere presentarse alegre y confiado, como aquella ciudad de Benavente, pero no es cierto. Me fijé en su rostro durante el bailongo.
¿Cómo cree Sánchez que quedará en la Historia? Confesó que lo deseaba. No pasará a la Historia como querría. Un día las gentes calladas saldrán a las calles si les funcionase el próximo pucherazo. Sucedió en una Rumanía cansada. La democracia tiene el derecho a defenderse. Al Gobierno corresponde la responsabilidad de atajar la violencia. El muro de Sánchez ya no engaña a nadie. Y una diferencia: en Francia, Bélgica, Italia, Portugal, Grecia o Albania sus gobiernos no favorecen las movilizaciones, las combaten. En España ocurre lo contrario. Otra vergüenza inapelable.