Con Broncano y pantalones de pitillo
Todo va de quién ve en esa imagen a un moderno y quién a un hortera
Sánchez utiliza pantalones de pitillo, que son a la moda lo que un lupanar al amor, especialmente si sorteas la barrera del medio siglo y todo te debe empezar a quedar un poco mal si has llevado la vida correcta: un libro antes que un gimnasio, una ley antes que un decreto, una victoria antes que un pucherazo, una entrevista antes que un masaje.
Pero así se presentó ante Broncano, a quien no se le puede pedir otra cosa que ser Broncano: un poco de humor y ese tono infantil tan acorde con los pantalones de pitillo que pegaría más en horario matutino, junto a los dibujos de Doraemon, pero se emite de noche porque con Sánchez todo es ya púber.
Me centro en la pinta del General Secretario porque, si él es frívolo y en lugar de responder en serio a preguntas serias, se pone tontorrón, yo también. Tenemos la misma edad, él unos pocos meses menos, y eso me da un plus de autoridad en la materia: solo se visten así los divorciados con ganas de guerra, exiliados de su vida natural y desconectados de su tiempo, para que les vean jóvenes y modernos las de 25 o 30, que luego solo ven a un señor mayor disfrazado de sí mismo hace dos o tres décadas.
Tampoco es habitual que se cuide más la cara que la cabeza o el alma, y que el presupuesto por naturaleza escaso se dedique antes a quitarte hoyos del rostro que a leer libros o escuchar música, por mucho que luego un asesor te sople un par de títulos que no has leído y un par de discos que no has oído para hacerte el cultureta y el modernillo en el TikTok, otro engendro incompatible con la cincuentena.
Así que Sánchez quiso que se viera a un tío enrrollado, en forma, guapete y divertido, pero cualquiera algo iniciado solo vio a un cateto desubicado y a un mal actor que sigue actuando cuando la función ha terminado y el público se ha ido a la mitad con una lluvia de tomates.
Las ridículas actuaciones de Pedro, un Dorian Grey de polígono, le miden bastante a él, pero menos que a nosotros y a la impresión que le causamos a este sugar daddy con ínfulas: si por un momento cree que cuela, es porque efetivamente cuela en los mismos segmentos poblaciones que están convencidos del peligro de la ultraderecha, de la bonanza económica sin precedentes en España, de la conspiración judeomasónica contra un buen hombre y de la existencia de una bárbara máquina del fango para hacerle la vida imposible a él, a su Begoña, a su partido y al país.
Sánchez es un madurito sin madurez que se calza una chupa vaquera y se va un martes de madrugada a un club adolescente a ver si, con dos movimientos torpes de cadera, se integra con los universitarios, sin darse cuenta ya de que provoca risas y con la insistencia, espanto.
Otra cosa es que en esta España alocada y subvencionada esto tenga público y, junto al viejales haciendo el ridículo en el centro de la pista, pueda haber un coro suficiente de desnortados aplaudiéndole y haciendo los mismos pasitos, en un baile que sienten divertido pero es una triste danza funeraria. Al final, el 29N va de cuántos ven en los pantalones de pitillo a uno de los suyos y cuántos a un hortera de bolera.