Prefieren a Sánchez, corrupto y autócrata
¿Cómo es posible que su criticable y reprobable gestión siga contando con el respaldo de millones de ciudadanos hasta el extremo de que su antiguo «spin doctor», Ivan Redondo airee en los medios que aún puede conseguir otra mayoría Frankenstein para seguir en la Moncloa?
El sanchismo se ha mimetizado tanto con el peronismo o el «kirchnerismo populista» de Cristina Kirchner, condenada por corrupción, que no sólo copia eslóganes y fotos idílicas como la de ella y el «pingüino», su marido, besándose en Buenos Aires ante sus incondicionales en 2011 con la leyenda «la fuerza del amor», («la fuerza del amor… de pago», ironiza Ayuso respecto al PSOE ), sino que ha importado entre el electorado socialista y de la extrema izquierda patria , la misma consigna clientelista que los peronistas coreaban sobre Perón, pero aplicada al propio Sánchez, «Puto y ladrón queremos a Perón».
Corrupto y autócrata, prefieren a Sánchez, a pesar de llegar a las urnas precedido de años de corrupción familiar y del PSOE; de ataques despiadados a la Justicia, contra la independencia judicial y por tanto contra la división de poderes y el Estado de Derecho; de subvertir las reglas democráticas para sus intereses personales retorciendo la ley mediante el control y la instrumentalización de la Fiscalía o del Tribunal Constitucional; de faltar a la verdad o mentir de forma compulsiva en función de sus cambios de opinión siempre adaptados a su conveniencia partidista; de asaltar y controlar instituciones y organismos públicos como el CIS o RTVE a la que ha convertido en un medio de propaganda a su servicio con licencia, como se vio con su amigo Broncano, para banalizar la carga infame y crítica de la mochila que arrastra desde hace años y donde, ojo al dato, le vieron cerca de 4.400.000 espectadores de media; de cruzar líneas rojas impensables en cualquier dirigente demócrata con escrúpulos y principios, contrario, por supuesto, a dispensar amnistías a cambio de apoyos parlamentarios y comprar votos de sangre para seguir en el poder; de no empatizar con las desgracias de valencianos y ceutíes tras la calamidad de la Dana y no hacer nada por obstaculizar la invasión, tras ser violada la frontera de España, ni devolver la normalidad a la perturbada vida de los caballas con sus calles y plazas secuestradas; de ignorar el problema de la vivienda durante ocho años y presentarse como la solución después de empeorar el mercado de alquiler y no construir algo más que una caseta de peón caminero o arruinar la Alta Velocidad Española.
Asistimos a un fenómeno que desafía cualquier lógica democrática convencional. En otro país europeo, salvo la Italia de Berlusconi donde la lealtad a su figura, como aquí con Sánchez, se impuso al debate sobre la regeneración institucional, y antes en la Argentina peronista y kirchneriana, esta acumulación de hechos reprobables, por antidemocráticos, y de escándalos de corrupción en el entorno más íntimo del presidente de Gobierno le habrían provocado ya una caída en desgracia fulminante. Sin embargo, Sánchez no solo resiste en su trinchera, sino que mantiene un núcleo duro de apoyos inasequible al desaliento.
¿Cómo es posible que su criticable y reprobable gestión siga contando con el respaldo de millones de ciudadanos hasta el extremo de que su antiguo «spin doctor», Iván Redondo airee en los medios que aún puede conseguir otra mayoría Frankenstein para seguir en la Moncloa? Al margen de que Redondo, como su admirado el desvergonzado Tezanos, juegue a la autopro fecía cumplida dando por hecho lo que sólo es producto de sus sueños y deseos húmedos, con el único fin de motivar y generar esperanza en el sanchismo, el futuro no está escrito, hay partido señores Feijóo y Abascal , y nadie sabe lo que puede pasar el 29-N, porque hasta ese día tenemos serios motivos para sospechar y desconfiar de un personaje como Sánchez, con acreditadas dotes de trilero de la política, que exprimirá su estrategia sustentada en el sectarismo, la confrontación y la agitación callejera y emocional.
La consigna es polarizar hasta que duela, ya sea con manifestaciones contra Vox autorizadas por los delegados gubernamentales devenidos en esbirros al servicio de esa estrategia sanchista que mantiene secuestrada la Puerta del Sol y se vio en La Coruña o con huelgas y manifestaciones como la de los profesores en Madrid, antesala de la huelga general política convocada por los sindicatos pancistas contra la oposición, cosa inédita en el mundo democrático, con el objetivo perverso de que la verdad quede supeditada a la narrativa gubernamental y se imponga el argumento de que el objetivo de las movilizaciones e incluso la violencia, está justificado, (así lo interpretaron los miserables Oscar, Puente y López, junto al del BNG, Rego) ante una alternativa política de derechas destructiva que representa una amenaza existencial para España. Y en esa disyuntiva entre apoyar a «nuestro corrupto y autócrata» Sánchez o elegir al adversario que venga a regenerar y oxigenar el patio democrático, el sanchismo cierra filas con su «ladrón», como cantaban los peronistas, por mero instinto de supervivencia política. Ésa es la evidencia empírica de que los comicios por más que digan lo contrario las encuestas, no la de Tezanos, todavía no las tiene perdidas. La sombra del gatillazo del 23-J sigue planeando sobre el 29-N. Que no lo olviden Feijóo y Abascal ni los votantes de PP y Vox.
Sánchez y sus corifeos mediáticos, con esa estrategia polarizadora, ya no buscan convencer con argumentos económicos o de cohesión social, sino infundir el miedo contra la derecha de PP y Vox, a la que presentan como una fuerza oscura y reaccionaria, obviando que el peligro no proviene de ella, como se está viendo en Francia o Italia, y aquí en La Coruña o Avilés, sino de sus socios de la extrema izquierda violenta, sectaria y totalitaria que incendia las calles y saquea comercios.
Sanchez explota esta táctica calculada porque sabe que le favorece electoralmente aunque haya conseguido con su muro divisivo un escenario de bloques enfrentados e irreconciliables. Ha dinamitado el debate racional y conseguido que haya ciudadanos que prefieran su corrupción y su autocracia antes que la alternancia democrática. Mientras considere que la tensión le favorece y la trinchera partidista le sirva de escudo en su estrategia discursiva para defenderse ante los suyos con medidas populistas como las de los «martes electorales» y haciéndose la víctima, Sánchez continuará estirando la cuerda hasta el 29-N sin importar que, en el proceso, se rompa definitivamente la convivencia patria; y ante eso hay dos respuesta tajantes y contundentes: ir a trabajar el día de la huelga general y votar con avaricia hasta llenar las urnas para acabar con el sanchismo.