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En primera líneaFernando Gutiérrez Díaz de Otazu

Lo que importa y lo que interesa

Lo que ha sucedido en Urda debería llevarnos a asumir, esta vez sí y ya de una vez por todas, las responsabilidades reales, buscar la recuperación real de la confianza en nuestro sistema ferroviario, garantizando realmente que lo sucedido no vuelve a repetirse

Ante la tragedia acaecida esta semana en la localidad de Urda con el accidente ferroviario como consecuencia de un, teóricamente inverosímil, alcance de un tren detenido por otro que no debería estar circulando sin tener la vía disponible para hacerlo, me ha venido a la cabeza la reflexión que compartió por radio un locutor de una radio local vasca cuando se produjo el accidente aéreo del Monte Oiz (Vizcaya), en febrero de 1985.

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El Debate (Asistido por IA)

Según su relato aproximado, aquel vuelo era el típico vuelo de personas que se desplazaban de Madrid a Bilbao a primera hora de la mañana para participar en alguna «importante» reunión de trabajo, cerrar algún «importante» negocio o firmar algún «importante» documento sin el cual algún «importante» trámite no podría progresar. Todas estas «importantes» actuaciones se veían desvanecidas ante la repentina e imprevista muerte que, lógicamente, nadie esperaba. Todo resulta irrelevante cuando la muerte se interpone en nuestro camino y cambia para siempre el trayecto de nuestras vidas y la de las personas que nos quieren y sufren nuestra pérdida. Nos damos cuenta, entonces, de que lo más «importante» que tenemos, para nosotros mismos y para las personas que nos rodean, es nuestra propia supervivencia y nuestra propia seguridad.

Todo esfuerzo y toda inversión orientada a garantizar nuestra seguridad debería ocupar un lugar preferente en la actividad pública. Pues bien, parece que los hemos incorporado a toda esa montaña de argumentos que forman parte de lo que se denomina el relato o de la pugna política por imputar al adversario político o a cualquier causa la razón por la cual se producen las desgracias de esta naturaleza, en lugar de acometerlas frontalmente para asegurar, realmente, que no se producen nuevamente o que las posibilidades de que se produzcan se reducen significativamente. Cuando lo que sucede es lo contrario, que se incrementa el número de casos, es que hemos hecho mal el proceso de revisión de los procedimientos, el de modernización de los sistemas o el de mantenimiento de los mismos para que funcionen adecuadamente. Cuando se desvían o se intentan desviar las responsabilidades hacia otros y no se acometen los problemas o las deficiencias de funcionamiento que los producen, algo estamos haciendo muy mal.

Parece como si hubiéramos perdido la sensibilidad hacia lo que es realmente importante y hubiéramos preferido reemplazarla por lo que es interesante. En lugar de ser sinceros, porque lo más importante no es la conservación de nuestro puesto en la Administración, sino la mejora de los servicios de los que dispone nuestra sociedad, preferimos camuflar nuestra falta de decisiones construyendo un relato en el que lo que está bajo nuestra responsabilidad funciona perfectamente y las desgracias siempre son culpa de los demás. Para ello, habitualmente, debemos eludir hablar de lo que importa, que es la resolución de los problemas y hablar de lo que interesa que son argumentos colaterales o anecdóticos en relación con el problema que nos ocupa.

Los tres ingredientes básicos para ello son la falta de rigor, el desvío de la atención desde lo importante hacia lo interesante y la imposición de un relato conveniente a los intereses de quien se resiste a resolver los problemas y prefiere utilizar sus consecuencias en beneficio propio.

Se da la circunstancia de que, desde la llegada de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno en 2018, esta forma de conducta se ha repetido en todas las crisis de esta naturaleza por las que, desgraciadamente, hemos pasado.

Podemos ubicar el comienzo de esta serie en la gestión del impacto en nuestra nación de la pandemia de la COVID-19, que comenzó en marzo de 2020 y frente a la cual, en lugar de acometer medidas sanitarias de choque, el Gobierno optó por paralizar el país e inicialmente favorecer una campaña de culpabilización del gobierno anterior por los llamados recortes en el sistema de sanidad para poco después favorecer una campaña de agradecimiento a los profesionales de ese sistema de sanidad por el buen funcionamiento del mismo. Como de costumbre, el foco en lo accesorio en lugar de lo fundamental, a fin de ubicar las responsabilidades en otra parte e imponer el relato de que lo que dependía del gobierno estaba absolutamente bajo control.

Más tarde supimos que en este proceso de paralización del país alguien trató de beneficiarse con el comercio de material necesario para combatir los contagios, como las mascarillas, cuya carencia de disponibilidad las convirtió en un recurso crítico. Si su comercialización maliciosa era cuestionable en el caso de personas privadas, lo era más, lógicamente, cuando sus protagonistas eran presuntos servidores públicos.

Con ello comenzó el caso mascarillas, que después devino en el caso Koldo o caso Ábalos, que, a pesar de haber sido sentenciado en alguna de sus partes, con condena firme para sus protagonistas principales, aún permanece pendiente de resolución definitiva. En todo caso, el protagonismo público de este caso no lo tuvo lo importante, como es la desviación de los recursos públicos destinados a proteger a la población con fines privados, distintos a los legales, sino lo interesante, como los escándalos eróticos del ministro y las diferentes señoritas colocadas indebidamente en diferentes puestos de la Administración.

Después vinieron, entre otros, el caso del apagón, las invasiones de Ceuta en 2021 y 2026, los múltiples casos de corrupción, el florecimiento de las denominadas cloacas del PSOE, la dana de Valencia, los incendios en diferentes comunidades autónomas, utilizados para promover la lucha partidista en lugar de afrontar la mejora de los sistemas «colectivos» de prevención y combate de sus consecuencias, culminándose esta serie con los desgraciados accidentes ferroviarios de este año en Adamuz, Gelida y Urda.

Lo que ha sucedido en Urda debería llevarnos a asumir, esta vez sí y ya de una vez por todas, las responsabilidades reales, buscar la recuperación real de la confianza en nuestro sistema ferroviario, garantizando realmente que lo sucedido no vuelve a repetirse y estableciendo para ello, netamente, la diferencia entre lo que importa y lo que interesa.

  • Fernando Adolfo Gutiérrez Díaz de Otazu es general de división del ET en situación de retiro y senador por Melilla
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