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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

De un necio a un desalmado

La retórica política ha retrocedido un siglo. Nadie puede ignorar que eso es anuncio infalible de lo peor. Todo empezó con un necio. Se cierra en un desalmado

Todo esto comenzó con Zapatero. Es lo más enigmático. De los siete hombres que han ido sucediéndose en la presidencia del Gobierno, ninguno tan impecablemente necio: esto es, tan «carente de saber». Los ha habido, sin duda y a gusto de la clientela, más sórdidos, más delirantes, más perversos: son atributos, todos ellos, que cuadran bien al político. Pero un grado de ignorancia como el de aquel sujeto al cual la tragedia del 11-M proyectó a la Moncloa, no es posible detectarlo en actor alguno de la política europea en el último siglo. Ni aun sus mejores amigos –si es que los tuvo– podrían defender otra cosa. Había que escuchar a los tales amigos en la víspera de las imprevisibles jornadas de 2004. Cuando todos te explicaban, con pérfida sonrisa, cómo, ya que las elecciones estaban perdidas, mejor dejar que se estrellara el más tonto. Pero ganó.

Lo de verdad sorprendente es cómo aquella nulidad sin fondo –«el bobo solemne», que acuñara el ingenioso insultador que fue Rajoy–, mutó la trayectoria de la España actual: lo que ninguno de sus predecesores había conseguido, confesémoslo. Como si, en eso de la política, nada pudiera ser más eficiente que la ausencia inmaculada de neuronas.

Hasta aquel 14 de marzo de hace veintidós años, todos pensábamos haber dejado atrás la mugre de una historia que, en el primer tercio del siglo veinte, condenó este país a la barbarie. Porque un país que se proclama dividido en dos mitades, cada una de las cuales sólo aspira a ver correr la sangre de la otra, no es una nación que merezca tal nombre: es una selva de predadores. La que viera, hace un siglo, desplegarse la ceremonial matanza en familia a la cual, con excesivo respeto, llamamos guerra civil. Carnicería.

En el gran deslumbramiento de final de siglo, el retorno de toda aquella miseria tercermundista parecía inimaginable. Fue, nos decíamos. En otro mundo. Más lejano de éste que el sistema estelar Alfa-Centauri. En otro mundo, de cuyos rencores y frustraciones creíamos –¡pobres ingenuos!– habernos puesto ya a salvo. Se podía despreciar la política. Aún más, a los políticos. Pero había, en ese desprecio incluso, una certeza propia de las sociedades modernas: que el político es cierta variedad turbia de servicio doméstico. Y que basta con pagarle bien y olvidarlo. Para poder dedicarnos a las cosas serias.

Y entonces llegó Zapatero. Con su Guerra Civil bajo el brazo. Y, cuando íbamos a soltar todos la carcajada del siglo, ante el anacronismo de aquel histriónico vengador retroactivo de legendarios abuelitos, todo el tablero español se puso en movimiento. Y los monstruos despertaron. Y el arcaísmo de los discursos electorales alcanzó chirridos a los que nuestro oído se había desacostumbrado. Y la modernidad saltó por la ventana. Para no volver. Es lo que pasa siempre, cuando el griterío de los afectos prima sobre la aritmética de las razones. Aquel tipo hablaba de 1936. Peor: hablaba en 1936. Y los electores, en lugar de mandarlo amablemente al museo de cera, lo votaban… Fue una sacudida de infantilismo de la que este pobre país no se ha recuperado.

¿El coste de aquel inesperado «éxito»? El país quedó roto en dos. Cuyas mitades clavaban las de 1934. Es demencial. Pero es. Y, si ahora un sujeto tan carente de escrúpulos como Sánchez puede aspirar a perpetuarse, a pesar del alud de delincuentes que compusieron su corte, es porque aquella reducción cainita de la nación a un destriparse entre «los míos» y «los otros» ha vuelta arraigar aquí. Llevándose por delante cualquier esperanza de ser contemporáneos de nuestro propio tiempo. La retórica política ha retrocedido un siglo. Nadie puede ignorar que eso es anuncio infalible de lo peor. Todo empezó con un necio. Se cierra en un desalmado.

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