Estefanía Molina es una joven politóloga de izquierdas que ha logrado cierta popularidad tanto entre la izquierda como entre algunos sectores de la derecha. Entre los primeros, porque respeta escrupulosamente sus grandes mantras y la palabra ultra se le cae de la boca en cada párrafo de sus escritos. Y entre los segundos, porque ha hecho algunas críticas a las políticas de izquierdas, eso sí, sin apartarse jamás del rebaño progresista. Pues bien, unas horas antes de la convocatoria electoral escribió en sus redes sociales que las políticas sanchistas de vivienda son puro populismo y no van a solucionar el problema, pero que «Sánchez es el mejor político que haya conocido una generación entera de gente joven» y que «la derecha no puede soñar con un líder así. Será muchas cosas, pero es muy difícil negarle que en lo suyo, sí, es el mejor».
¿En lo suyo? Supongo que se refería a que es un granuja sin igual en la política española de los últimos años, y que, en efecto, a sinvergüenza no le puede ganar, ni siquiera empatar, ningún líder de la derecha. Pues bien, este es el estado moral del socialismo sanchista y de quienes lo sostienen. Ciertamente, inigualable. Un líder que plagió su tesis doctoral o que manipuló las urnas de las elecciones internas de su partido. Un líder que perdió las elecciones, pero logró ser presidente gracias a un pacto con golpistas que se burló del Estado de derecho. Un líder cuya familia y círculo de poder más cercano están imputados por corrupción. Un líder que es sospechoso de ordenar a una mafia perseguir a la juez que investigaba a su hermano corrupto.
Es capaz de cualquier cosa, capaz de todo, y he ahí su valor, según la izquierda. Algo que él mismo ha cultivado en su estrategia de comunicación durante todos estos años, la osadía, la trampa y la perversión como valores de liderazgo. Y que ahora también utiliza para su decisión de adelanto electoral, intentando de nuevo lo de 2023, el relato del líder valiente que reta al mundo y que puede volver a superar todos los obstáculos. Una fantasía a la que intenta agarrarse el círculo de la opinión progresista. Sin importarles pasarse por el forro todo aquello de la ética democrática.
Pero hasta ellos saben que la situación es muy diferente a la de 2023, y que la supuesta ventana de oportunidad de Sánchez no es para volver a gobernar, sino, en el mejor de los casos, para mantenerse como líder de la oposición. Primero, porque la campaña Maricarmen no va a movilizar a casi nadie en la izquierda, mientras que va a movilizar aún más si cabe a la derecha. Segundo, porque la imagen de líder valiente ha sido sustituida entre la mayoría por la de líder corrupto y mentiroso. Tercero, porque la propaganda de la amenaza ultra ya no influye a casi nadie y en tres años ha perdido la fuerza que tenía en 2023. Y cuarto, porque estos tres años han sido un enorme fracaso de gestión, comenzando por la vivienda.
A Sánchez le quedan los anuncios de gastos sociales a cuenta del contribuyente y la campaña emocional de identificación con la izquierda. Y la sonrisa del granuja que admira Estefanía Molina. Veremos si le dan para ser líder de la oposición.