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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

«Europa ha muerto», avisaban Los Ilegales

Todavía no ha fenecido, pero está bastante enferma, con un malestar y una desesperanza que empiezan a quemar las calles

Jorge Martínez, difunto jefe de Los Ilegales, era un valioso borrachuzo, que tras una máscara agreste ocultaba su amplia cultura y buena cuna. En 1988 cantó uno de sus primeros éxitos: «Europa ha muerto». Pero en realidad ni siquiera hoy ha fenecido, pues sigue siendo el espacio con mejor nivel de vida del mundo (eso sí, sostenido a deuda en una fuga alocada).

Europa está muy achacosa. El malestar y la desesperanza gritan en las calles. Arde Francia, el paciente crónico, y la protesta aflora en Bélgica, Bolonia y España. Aquí vivimos ya el ensayo general de las barricadas que veremos si cae el Frente Popular y Feijóo y Abascal llegan al poder.

No se trata de ser cenizos, pero sí realistas. Ningún partido, nuevo o viejo, va a revertir el declinar europeo, porque atiende a un cambio de ciclo. Del mismo modo que hubo siglos donde Europa forjó los imperios que dominaron el mundo, ahora hemos entrado en la era de China, gigante que ya exporta más manufacturas que Estados Unidos, Alemania y Japón juntos.

Como bien señala el ex premier inglés Sunak en un brillante artículo, «con la estrategia dual de Xi, el mundo depende de China y China no depende del mundo». Tras piratear nuestras patentes, han reducido drásticamente sus importaciones de bienes europeos, al tiempo que en solo diez años duplicaban sus exportaciones a la UE. Ante nuestra mirada bobalicona, se están zampando la primera industria que poseemos, la del automóvil, que nos hemos cargado nosotros mismos con una ilusa cruzada verde.

A la crecida china, con la amenaza añadida de su modelo autoritario, se une un Washington que ya no está dispuesto a seguir pagándonos nuestra defensa. Ese giro provoca un gasto en rearme que obligará a empequeñecer el Estado de bienestar. Pero ni siquiera invirtiendo más en armamento parece poseer la UE la diligencia, el valor y la capacidad tecnológica necesarios para lidiar con Rusia. Putin mantiene una guerra por agotamiento en Ucrania desde hace cuatro años y medio y está testando otra híbrida en Europa Occidental, porque nos ve flojos.

¿Francia? Una calamidad. Lo sabe todo el mundo. Empezando por los franceses. La gráfica de su deuda pública es como subir al Tourmalet: un 118% del PIB, cifras no vistas allí desde el crack del 29 (Alemania, con todos sus males, la mantiene en el 64,4%). Los franceses se han vuelto haraganes, con baja productividad y horarios de chufla. La prima de riesgo se calienta. La integración de sus diez millones de musulmanes ha sido pésima. De hecho es harto discutible que el Islam quepa en el modelo de libertades occidental.

«La Grandeur» es historia. El 85% de los franceses creen que su país sufre un declive inexorable. La crisis es incluso cultural: muchos ya no reconocen su idea de Francia en el país que ven. Además, una nación antaño inventiva es un cero en el presente digital y de la IA.

Los diez años del figurín Macron solo han agravado las dolencias de la V República. Ahora habrán de elegir entre un obsoleto comunista o una especie de etno-nacionalismo estatista, que a pesar de sus soluciones populistas anuméricas acierta en parte en el diagnóstico del problema.

Francia refleja de manera crítica los males europeos, que son también -o sobre todo- espirituales. Europa se quiso apear del cristianismo, alardeó incluso de «matar a Dios», y abrazó un relativismo hedonista que la deja sin raíces. Se ha creado la sociedad de la comodidad y el sacrificio cero. Su epítome son un temible invierno demográfico y unos salvajes «nuevos derechos» contra la vida. Los europeos ya no quieren asumir la responsabilidad y esfuerzo de sacar adelante una familia con hijos.

Nuestra dejación de funciones se parcheó de dos maneras: importando bienes baratos de China y abriendo las fronteras para que mano de obra foránea a bajo coste desempeñase las labores engorrosas (y se encargase de tener hijos). Como agravante, la espada de Damocles de un globo colosal de deuda, riesgo que las sociedades beneficiarias de esa anestesia prefieren ignorar (y no digamos ya la izquierda). El castillo en el aire se tambalea. El pico de inflación por la aventura de Trump en Irán nos ha situado ante nuestro deprimente espejo.

¿Soluciones? Trabajar más, volver a la familia tradicional, recuperar el esfuerzo y el mérito en educación, fomentar la innovación... Pero eso no lo puede imponer ningún partido por decreto. Depende de la propia sociedad. A cambio se oferta el viejo socialismo multifracasado. O un repliegue nacionalista contrario al club europeo, que es muy dudoso que ayude al enfermo, porque yendo cada uno por libre seremos todavía más inanes frente a Pekín y Washington.

España tiene sus ventajas dentro del funeral. Todavía no se han perdido del todo las ganas de trabajar, ni una cierta creatividad, ni los valores católicos. Además hemos contado con la ventaja de la inmigración hispanoamericana, que se integra mejor. Si en lugar de imitar a la revuelta francesa cambiamos de gobierno, abrazando la seguridad jurídica y unas gotas de liberalismo económico, podríamos ser la sorpresa positiva de Europa (como Irlanda, con su fiscalidad competitiva, o algunos países del Este, tipo Polonia, que avanza con una deuda de solo el 61%).

Quemar la calle, ese deporte tan gabacho, no va arreglar nada.

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