No es amor entre Pedro y Begoña: son deudas
Lo que Sánchez hace no es proclamar sus sentimientos: es una declaración de guerra
Sánchez ha querido ser Obama bailando con su Michelle o JFK besando a su Jackie, pero la escena le ha quedado como una celebración de los Kirchner tras una imputación o, peor, otra de Bonnie and Clyde al poco de robar un banco.
Lo que piensan Pedro y Begoña lo deja clara la escena: muy idiotas nos ven para pensar que puede colar la idea de que él es John Travolta y ella Olivia Newton John y aquello es una fiesta de graduación y no la última cena de dos reos condenados a muerte política.
Más curioso, pero no sorprendente, es ver a la ya exigua militancia del PSOE y a señores y señoras de cierta edad y trayectoria aceptando ser atrezo del bochorno: no sólo la enloquecida María Jesús Montero, en modo despedida de soltera con un boy disfrazado de bombero para que nada le falte a la casamentera; también todos los demás que jaleaban a Begoña nada más ser citada por su Romeo y entraron en éxtasis colectivo al ver a Julieta reunirse con él para hacer juntos, en realidad, la escena de Los Amantes de Teruel, tonta ella y muy tonto él.
Sánchez no sólo somete a sus ministros y principales dirigentes a la infumable agenda de rendiciones, abusos y trampas que explican su triste trayectoria, haciéndoles cómplices de todas sus fechorías; además, les impone demostrarlo en público con vehemencia, sin respeto por sí mismos, como en una escena masoquista en la que quien paga obliga al que cobra a hacerse pasar por perro y a ladrar para llevarse una galletita, mientras le azotan con un látigo.
No hay que engañarse, pese a todo. Pedro está tan desesperado por la inminente paliza en las urnas y la pérdida del escudo que se ha construido malversando la función de un presidente que no le queda otra que trivializar la realidad de su desplome, esconder las consecuencias que van a tener sus actos y convertir la antesala de todo ello, que es el procesamiento de Begoña, en un martirio público provocado por fuerzas conspiradoras que la utilizan a ella para acabar con él.
El patético baile, rematado con un beso de cartón entre aplausos de indigentes morales con nulo respeto por sí mismos, es una declaración de las perversas intenciones que concretará si logra revalidar en el cargo y ya esboza antes de salir de él: en una democracia civilizada se dimite cuando encausan a tu esposa por presuntos delitos cometidos al amparo de La Moncloa, cuando condenan a tu hermano por aprovecharse de su condición familiar, cuando encarcelan a tu mano derecha por corrupción y cuando, en fin, aparece tu partido y sus principales dirigentes implicados en todo tipo de tramas corruptas y mafiosas que combinan el enriquecimiento espurio con la protección a cualquier precio del capo.
En la nuestra, que ya no lo es, el principal aludido se hace la víctima, hace trampas y tuerce la ley para zafarse de la réplica de los contrapoderes, se inventa artilugios infames para cambiar el censo o revocar al Tribunal Supremo y directamente ignora el imperio del Congreso, de la Justicia, de los ciudadanos y de la calle; sustituidos en todos los casos por un proyecto golpista sustentado en el orden y mando trufado de una ilimitada caradura para justificarlo.
Pero con Begoña hay algo más. A todo esto hay que añadirle una deuda que ella se cobra mientras hace pucheritos y él abona sin protestar: a ella le debe su carrera política, iniciada con la financiación del suegro proxeneta, según todos los indicios nunca desmentidos por el afectado cuando le preguntaron directamente por ello en el Senado. Y también su bienestar personal, su nivel de vida, sus enormes ingresos mensuales derivados del rentismo de propiedades que, en buena medida, se adquirieron gracias al negocio de la prostitución que luego dice querer prohibir.
La primera vez que Sánchez le declaró su amor a Begoña, sus secuaces tardaron cinco minutos en montar una cloaca. Con la segunda, a unos días de las elecciones, lo que ha hecho es una declaración de guerra, en atención a las órdenes recibidas por la autoridad superior: la que se montó una cátedra «porque esto lo hemos hecho juntos, cariño», y la que ahora le ha dicho «o me salvas o caemos los dos».