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España no tiene un problema con la extrema derecha, pero sí con la izquierda radical, que es fácil de entender: los exaltados que pertenecen al primer epígrafe son residuales, carecen de amparo institucional alguno, no representan a nadie y desde luego no consiguen representación alguna. Son, por decirlo de algún modo, tan inquietantes como irrelevantes.

No ocurre lo mismo con los segundos: ellos sí están en las instituciones, tienen partidos políticos de referencia e incluso deciden quién y cómo gobierna en España, logrando además que el partido que los utiliza para auparse pese al rechazo de las urnas, el PSOE de Sánchez, se sintetice con ellos en lugar de a la inversa: lejos de moderarse, la extrema izquierda y sus variantes separatistas han logrado que los socialistas dejen de hacerlo, hasta el punto de convertir al actual presidente en el más radical de todos ellos.

Adjudicarle a VOX y al PP esa etiqueta es un truco barato para camuflar la naturaleza de las indignas alianzas de Sánchez, que viene a decir que todo vale con tal de frenar a ese peligro inexistente, y para movilizar a la parroquia que pica en el anzuelo y se cree, con infinita pereza intelectual o seguidismo subvencionado, que efectivamente hay un peligro real y que los muros del negligente de La Moncloa son imprescindibles para salvar la democracia que solo ellos amenazan.

Ese proceso tiene particularidades españolas, pero no es estrictamente doméstico y Francia enseña el futuro que puede seguir. Allí se está desarrollando un desafío completo a Occidente, por apocalíptico que suene, mientras su clase política dirigente también creía que el enemigo a derrotar era el fascismo, una etiqueta que no se puede adjudicar a quien, simplemente, defiende una reforma del Estado o de la Unión Europea, pero lo hace respetando los cauces institucionales previstos, algo parecido a lo que VOX proponía en su momento, sin saltarse la Constitución y en el ejercicio de la libertad propositiva que permite defender cualquier día dentro de los límites previstos, entre alaridos de quienes a la vez le deben su vida política a quienes se los han saltado reiteradamente, con armas incluso, para imponer su cosmovisión aldeana.

Pero en Francia ocurre algo más, que permite visualizar lo que acabará pasando en España si se siguen blanqueando fenómenos como la invasión de Ceuta, la inmigración irregular masiva, la tolerancia con el multiculturalismo cuando este no respeta los códigos jurídicos, legales y culturales del país de acogida o las algaradas radicales que vampirizan causas como la vivienda o la educación para lanzar un pulso al Estado de Derecho.

La pinza francesa entre la extrema izquierda antisistema y violenta y el fundamentalismo supone, de hecho, una especie de Guerra Civil en la que el objetivo es derrumbar a la República, y el desplome entre llamas del Ayuntamiento de Limoges es el símbolo de que ese objetivo es viable. Y es un aviso para quienes, en otros países y desde luego en España, aceptan por intereses cortoplacistas o convicción absoluta que es así como deben ganarse sus objetivos.

El precio de la vida, el coste de la vivienda, la insoportable voracidad fiscal del Estado, la modestia de los salarios, la calidad de la educación, el futuro de la familia, la supervivencia de la identidad nacional o la modestia salarial son debates necesarios que responden a un problema evidente de fondo que la política tradicional debe saber responder, sin equivocarse en las causas ni fallar estrepitosamente en los remedios como hace el irresponsable Sánchez para agravarlos todos ellos tras haberlos ya multiplicado: para él, todo se limita a ver cómo aprovecha para acusar a Ayuso o a Feijóo y llamar facha a Abascal.

Pero no hay que equivocarse: todos ellos son coartadas para que atacar algo mayor, la base de la sociedad civilizada, el sistema de derechos, obligaciones y libertades que hizo de Europa el mejor espacio creado nunca por la humanidad y hoy está amenazado por quienes, locales o foráneos, no buscan integrase en él, sino conquistarlo a la fuerza con un pulso que convoca a todos los demócratas: el cordón sanitario debe ser con ellos, para ellos y contra ellos. O de lo contrario, ganarán.