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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

La triple dispensa de la «ideología» sanchista

El problema de Mínguez no es su pareja, igual que el problema del Wyoming no son sus inversiones. La cuestión radica en la manera de ambos de percibir la realidad. La de los demás, claro

A pesar de las profecías apocalípticas, la inteligencia artificial no entrenada para el mal sigue dando muestras de una ingenuidad entrañable. Si le preguntas a ChatGPT qué es una ideología, te contesta que es «un conjunto organizado de ideas, valores, creencias y principios mediante los cuales una persona, o un grupo, interpreta la realidad y establece cómo cree que debería organizarse una sociedad». Traten de encajar esta definición en el socialismo sanchista y les explotará la cabeza.

La cuestión es que la ideología no sólo influye en lo que pensamos, sino en cómo percibimos la realidad. Respecto a la primera parte, la de las ideas, uno puede estar equivocado. No pasa nada porque todos cometemos errores. La segunda parte, la de interpretar el mundo que nos rodea desde una perspectiva subjetiva, entraña más peligros porque puede propiciar daños graves en la coherencia del discurso.

Cuando hace años se conocieron los 19 inmuebles en propiedad de El Gran Wyoming, el presentador se justificó con un discurso irrefutable. Después de décadas trabajando en televisión y ganando mucho dinero, el presentador dijo que él invertía donde quería. «Yo con mi dinero hago lo que me da la gana». La respuesta es impecable desde un punto de vista liberal. La pregunta surge al recordar sus programas, al escuchar sus chanzas y rejonazos a la diestra capitalista (a la siniestra socialista, bastantes menos): ¿Por qué tú puedes invertir donde te parece sin merecer reproche, y otros no?

Sucedió lo mismo la semana pasada con Montse Mínguez. En un arrebato de sinceridad, la ya exportavoz del PSOE reconoció en directo que la empresa de su pareja dispone de 30 inmuebles en propiedad, desahucia a los que no pagan el alquiler y liquida los impuestos que le corresponden. Sí señora, como debe ser, pensamos muchos. El problema de Mínguez no es su pareja, igual que el problema del Wyoming no son sus inversiones. La cuestión radica en la manera de ambos de percibir la realidad. La de los demás, claro.

Con la izquierda caviar y con los sanchistas acérrimos, como Montse Mínguez, no cabe la ingenuidad de ChatGPT. Su «percepción de la realidad» se ajusta como un guante a la definición que ofreció a finales del siglo XX Jean-François Revel. Para el filósofo francés, la ideología es una triple dispensa: intelectual, práctica y moral. Dispensa intelectual, porque descarta los hechos que no se ciñen a su verdad (la sociedad que desahució a Maricarmen era una pyme «buitre» que tiene un inmueble; la de su novio, una empresa familiar que tiene 30). Dispensa práctica, porque elimina el criterio de la eficacia y, por tanto, suprime el concepto de fracaso (270.000 desahucios durante los ocho años de gobierno sanchista). Por último, la más útil, la dispensa moral, porque el actor ideológico no ha de someterse al juicio que afecta a los demás.

La izquierda tiene un concepto tan elevado de su propia moralidad que es capaz de predicar una cosa y vivir según la contraria sin atisbo de rubor. Si alguien les afea esa contradicción, lo interpretan como un ataque personal. No como el desahucio de una señora de 87 años, convertido por el PSOE y sus socios en categoría universal. He aquí el inconveniente de convertir un problema político complejo (como la vivienda o la inmigración) en una cuestión moral, o sea, en un asunto de buenos y malos. Durante sus ruedas de prensa en Ferraz, Mínguez se esforzó tanto en trazar la línea entre víctimas (inquilinos) y verdugos (propietarios), que al llegar a casa había olvidado en qué lado de la historia le dejaba a ella ese discurso maniqueo.

Vayan ustedes pasando por el tamiz de la triple dispensa las tropelías del sanchismo. Comprobarán que, gracias al concepto de ideología de Revel, todas son admisibles desde un punto de vista intelectual, práctico y moral. La amnistía a los golpistas catalanes, los pactos con los herederos de ETA, la corrupción, las meretrices costeadas con dinero público, las amenazas a jueces, los negocios de Zapatero, el tejemaneje impúdico del censo electoral… Nada impide a Sánchez presentarse como el campeón de la izquierda y así medir el número de electores capaces de abstraerse de la sucia realidad que le acompaña.

Por este motivo, un votante que anteponga la democracia al socialismo no puede votar cabalmente a Sánchez. Porque, volviendo a Revel, «la democracia no puede existir sin, por lo menos, un poco de sinceridad, de probidad y de respeto a la verdad».