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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Un espejo en la abyección

¿Da asco? Puede. Pero, quien entra en política –como quien entra en basurero– sabe ya como saldrá: podrido. Le toca ahora a Puente. Para que Sánchez llegue, sin electrocutarse, hasta el temido 29 de noviembre. ¿Habrá alguna deyección más?, ¿hay ya fusible de recambio previsto en La Moncloa?

Es el fusible. Óscar Puente. En toda cueva de maleantes –¿qué otra cosa, un partido?– es imprescindible uno. El más bestia. El más patán. Aquel que ruge, siempre a cubierto de la impunidad, con la que cargo y sueldo pagan pringoso salario al terror que en torno suyo expande. En toda guarida política es imprescindible el matón de discoteca que proteja a sus bien trajeados señoritos. A ridícula escala pueblerina, lo fueron Koldo y Ábalos, expertos en burdeles quizá no tan costrosos como los que regentaba el suegro de su jefe. A la escala que ahora Sánchez se merece, lo está siendo el escudero Puente. Experto en matanzas. Y sollozante mártir de calvarios propios.

Al fusible se le exige cargar, como ocurrencia propia, con cada una de las canalladas que maquine aquel que paga su sueldo. Moral, como materialmente: en dinero o en cadáveres. A cambio de esa nadería, al fusible se le otorga vida regalada. Por definición, para ocupar el grado de fusible, es de protocolo elegir al más bruto y más gandul. Y más invulnerable al remordimiento Se le encomienda que ladre. Convincentemente. Y que, de vez en cuando y sólo bajo estricta orden, muerda hasta el hueso a alguno que, desprevenido, pasee por la calle. Debe relamerse luego con elegancia, mientras exhibe su épica machada en redes y televisores. Porque, como todo analfabeto moderno que se precie, el fusible ha de ser un artista de las redes sociales: ese lugar acéfalo, en el cual vivaquea lo más enfermo de una sociedad agonizante. Y lo más vocinglero.

Pero el fusible sabe que esa vida regalada es una dádiva. Por eso vive bajo el terror de ver llegar el día en el que vaya a serle exigido pagar por sus pagadores. Comió de la mano del jefe. La lamió, como estaba mandado. Se enroscó sobre la alfombra confortable de palacio, para que el amo tuviera lomo blando sobre el que posar los pies. Todo era encantador. Hasta ese día temido en el que el amo percibió el agrio aliento de los muertos soplándole en el cogote. «Es hora de pagar, querida noble bestia». Una palmadita en el lomo, y a los cocodrilos. Puede que el can se haya sentido mortificado. Pero él sabe que el amo no lo engañó. Estaba en el contrato. Todo. Y él siempre estuvo ahí, tirado sobre la blanda alfombra junto al fuego, a la espera de eso que era su solo destino. Pagar para que no sea nunca el jefe el que cargue con la cuenta. Lo llama ahora «calvario» y se duele de la ingratitud recibida, ¡pobre! Pero sabe que no, que lo suyo es sólo una fea excusa de mal pagador. Vivió de ser fusible. Le llega el momento ahora de ser fundido. De algún modo, esos casi doscientos muertos en menos de un año son su más alto trofeo. Justifican su cargo. Y sueldo.

¿Da asco? Puede. Pero, quien entra en política –como quien entra en un basurero– sabe ya como saldrá: podrido. Le toca ahora a Puente. Para que Sánchez llegue, sin electrocutarse, hasta el temido 29 de noviembre. ¿Habrá alguna deyección más?, ¿hay ya fusible de recambio previsto en La Moncloa? Puede. Sobra el lamento. Ese oficio consiste en ser espejo de la abyección común. Beneficiarse de ella. O ser por ella asfixiado. Puente es el paradigma del político español contemporáneo. Un poco más patán. Tal vez, un mucho. Eso es todo.