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Cartas al director

Mitos que caen

A partir de las sacudidas del tumultuoso siglo XX, nuestras identidades se han ido derrumbando como un castillo de naipes. Hoy la física experimental divaga con teorías ocurrentes e indemostradas. Uno de esos físicos listillo proclama que «Dios ha muerto» y en la práctica una parte de la población se lo ha creído.

El matrimonio ya no es entre hombre y mujer, y en el Vaticano viven dos Papas a la vez. Nos quieren convencer que, chimpancés, orcas y delfines son capaces de crear nuevos hábitos culturales, lo que vendría a confirmar que el ser humano es un bicho más de la creación. Por eso se puede poner el nombre de lobo, tigre o toro a una persona. Quieren convertir a los animales, sobre todo a los de compañía, en sujetos de «derechos» con una «paga» si es necesario. Y a los que no les gustan las «mascotas» en ciudadanos de tercera, o sino, en sospechosos cuerpos sin alma.

Es curioso que estos nuevos animalistas, están con la lerda idea de que ellos tienen una superioridad moral sobre los que, sin tener nada contra los animales, no admiten igualar a un ser humano a un animal. Ese pensamiento según el cual la tenencia de animales le dota de un carnet de bondad. ¿Y entonces, un rechazo a la «mascota» denuncia un déficit de humanidad?

Está documentado el amor de Hitler por los canes, conocido es el amor de psicópatas de todo pelaje por los animales. Por supuesto que entre los aficionados a las «mascotas» hay excelentes personas.

Y sigo con los mitos rotos: los toros bravos ya no son bravíos, se han vuelto mansos. Los cocineros suplantan a los filósofos. El vino una semana es magnífico para el corazón y el espíritu y a la siguiente es un peligro. Elvis Presley quería ser agente antidroga pero en realidad se pasaba el día ciego. Los anti-taurinos no quieren al toro en la plaza, pero sí su carne en el plato. Los proabortistas están a favor de que una mujer decida matar a su hijo, pero no quieren saber nada de cómo le late el corazón en el vientre materno como un ser vivo e independiente.

A los ateos, a los que odian la Iglesia les gusta que ésta se ocupe de quien nada ni nadie se ocupa, personas en exclusión social, pobres y enfermos hasta de hambre, allí donde nadie se preocupa por ellos. Imposible saber a qué atenerse con este deterioro de valores y principios que se están muriendo, donde llegaremos. La hipocresía y la virtud se llevan francamente mal…

Máximo de la Peña Bermejo

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