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Cartas al director

Niños de Franco

Aún quedamos niños de Franco. Los que llegamos al final del régimen y vivimos una infancia feliz y despreocupada, como toca a esa edad, si todo va bien. Educados en valores cristianos, con su misa diaria o semanal; las madres mandando en casa y los padres casi invisibles, papá siempre tenía mucho trabajo. Salidas a los montes, espíritu de equipo y echar una mano al que no iba tan rápido. Apenas entrábamos en la adolescencia cuando a nuestros mayores los llamaron a votar. Carteles inundaron las calles y supimos que el pueblo, por fin, tendría voz; sin ira pero con muchas voces. En la recién inaugurada democracia se dejó entrar a todos. A los que venían mandando y a los que venían de estar fuera durante décadas. Y nos sentimos tan orgullosos de nuestros padres, más aún de nuestros abuelos, que se abrían a un abrazo fraternal y de futuro con quienes estuvieron enfrentados en un baño de sangre en el pasado.

Y ahora, después de todo aquello, resulta que era para esto. Para negar que hubiese una Transición, que vivimos en democracia. Y para borrar recuerdos y memorias e imponer una. Aquella forma de ver el mundo es ahora proscrita. Hay que negarlo todo, tirar las cruces, empezar de cero. Nos abrazamos aún a la Constitución de nuestros padres, a la fe de nuestros abuelos, a nuestra esperanza de caminar juntos. Entonces nos llaman fascistas, 'naziñoles' y nos espetan que ahora les toca a ellos. Esto no es, así no es.