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Cartas al director

El Valle de los Caídos

Tras la reciente polémica sobre el Valle de los Caídos, convendría recordar que ya el Decreto-Ley, de 1957, por el que se creaba la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (entidad propietaria de todos los bienes aunque la gestión la lleve Patrimonio Nacional), miraba hacia la reconciliación pues recogía la decisión de enterrar también en el Valle a muertos del bando republicano. Sostenía el mencionado Decreto-Ley que por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles «éste ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz.»

Sin embargo, la pertinaz obsesión del gobierno social comunista, heredada de Zapatero, mediante su amenaza de reconvertir esa Basílica Pontificia en una especie de parque temático antifascista, dinamitando la Cruz, junto con la presencia de Pedro Sánchez en homenajes exclusivamente dedicados solo a las víctimas republicanas, da qué pensar sobre la «resignificación» del Valle de los Caídos, pues esa actitud no hace más que forzar una visión parcial de la historia, en detrimento de la reconciliación nacional.

Un enfoque verdaderamente integrador debería recordar a todas las víctimas por igual, sin exclusiones que reaviven divisiones del pasado.

El Valle de los Caídos puede y debe ser un símbolo de paz y encuentro, superando los resentimientos históricos y promoviendo una memoria compartida que no olvide el dolor de ninguna de las partes. Solo así podrá cumplir su verdadero propósito: ser un lugar de culto, oración, reflexión, reconciliación y respeto hacia todas las víctimas que sufrieron las consecuencias de la guerra.