Cartas al director
España prostituida
La prostitución que practica Pedro Sánchez no es la suya. Lo que vende es el cuerpo de una mujer —España— a la que ha obligado a la prostitución. Le han quitado la ropa —el Tribunal Constitucional independiente—, el pasaporte —la Fiscalía General del Estado—, los zapatos —la Abogacía General del Estado— y hasta las bragas —las instrucciones a la carta de una Fiscalía convertida en mayordomo de la Moncloa, no de la Justicia—.
La mujer, despojada y maniatada, lleva los grilletes de su proxeneta, quién no puede ser procesado, salvo que el Congreso —poblado de los mismos cómplices que se lucran de su cuerpo— decida levantarle la inmunidad, cosa harto improbable. La única arma que le queda a la España desnuda y vulnerable son sus uñas (el Tribunal Supremo) y el proxeneta está decidido a limárselas. Y mientras tanto, la obligan a ser violada una y otra vez por quienes no quieren a España. La Moncloa se ha convertido en un burdel institucional donde la dignidad de España es la que acaba siempre en la cama, con la puerta cerrada y las luces apagadas.