Cartas al director
¿El auténtico Gladiator 2? Lo tengo: Máximo Décimo Nadalio
In illo tempore, existió un gladiador que se rebeló contra toda la inmoralidad de su época. Corría el siglo II d. C. cuando Roma, la civilización otrora gloriosa, se precipitaba hacia su ocaso entre prácticas que parecían subvertir sus virtudes fundacionales. La austeridad, la justicia y el sentido del deber, innegociables antaño, habían sido enterradas por los excesos, la corrupción y la depravación. Fue entonces cuando emergió una figura arquetípica de la verdadera grandeza moral, un faro de excelsa nobleza que no buscaba el poder por el poder, sino por la prosperidad de la nación y el resurgir de la ciudadanía. Su nombre fue Máximo Décimo Meridio.
En los tiempos actuales, Occidente se precipita de igual manera hacia los despeñaderos de la moralidad más decadente, desprovisto –en apariencia– de referentes que le puedan rescatar. Las propias figuras públicas se abalanzan sin solución de continuidad hacia los abismos de la vanidad, la hipocresía o la mediocridad, mientras Occidente agoniza sofocadamente implorando el germen de un auténtico Gladiator 2.
En efecto, el héroe que necesita la sociedad debe ser el auténtico sucesor que recoja el testigo de Gladiator, y no una versión vulgar y fallida como la del protagonista de la reciente secuela –un sórdido insulto al género epopéyico– interpretado por Paul Mescal.
Y hay una buena noticia. Aunque torpemente no nos hayamos dado cuenta, ese héroe ya emergió tiempo atrás y pervive entre nosotros. Solo falta que su legado inspire nuestras vidas. Su nombre es Rafael Nadal Parera.
Aunque es de apreciar el esfuerzo de los creadores de Gladiator II por intentar recoger el testigo de su excelsa antecesora, es desafortunadamente de lamentar que se haya quedado en semejante raquítico subproducto. Máxime si comparamos tal birria de película con la vida de película de Nadal, en la que la épica no se fuerza artificialmente: se desborda naturalmente.
Y es que si alguna vez existió un hijo legítimo de Máximo, ese es Rafa. Es como si de alguna manera mágica fuese su auténtico heredero. No por linaje, sino por su capacidad de resistir, luchar y restaurar el honor en un mundo que parece haberlo perdido.
Al igual que Máximo, Rafa es Décimo: los títulos a orillas del Tíber ascienden a la decena. Al igual que Máximo, Rafa tiene por hábitat la arena: su reino es la tierra. Al igual que Máximo, Rafa es hispano: pasión y gallardía corren por sus venas rojigualdas.
Pero sobre todo, al igual que Máximo, Rafa resurge de cada caída cuál ave fénix: con su trabajo y sacrificio, él también se libera de la esclavitud de las lesiones, aquilatando el don de no rendirse nunca. Y al igual que Máximo, Rafa trasciende el mero combate físico contra sus adversarios: él pelea contra el conformismo y la vulgaridad. Pelea contra la mediocridad. Porque lucha por la magnanimidad y la gloria. Lucha por la grandeza.
Si Máximo liberó a Roma de la tiranía de Cómodo con su liderazgo imparable y coraje inquebrantable, Nadal libera al mundo de la tiranía de lo cómodo, con su nobleza intachable y su espíritu indomable. Ambos son los héroes de los mundos en que les ha tocado vivir, los heraldos portadores de la esperanza y el honor. En su lucha, ambos nos recuerdan que el espíritu de Roma nunca muere: solo cambia de forma. Y hoy esa forma se llama Máximo Décimo Nadalio.
Afrontemos este 25º aniversario del estreno de Gladiator I reconfortados por su grandeza y valores.
Afrontemos este primer aniversario del estreno de Gladiator II pasando página de su sordidez y vulgaridad.
Pero sobre todo, afrontemos este primer aniversario de la retirada de Nadal inspirados por su legado.
Gracias Rafa.