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Cartas al director

¿Quedarse o huir?

En medio de mi rutina –ordenada, estable, casi cómoda–persiste un latido que no desaparece: la idea de marcharme de España. No nace del dramatismo, sino de una inquietud profunda que se ha ido asentando con los años. Cada noticia, cada gesto institucional, cada dato refuerza esa sensación silenciosa. Y si yo, con un trabajo digno y un respaldo familiar, siento esta inquietud, ¿qué no experimentarán quienes encadenan empleos inestables y salarios que apenas alcanzan para cubrir lo básico?

Realmente me conmueve leer en la prensa las miles de historias de jóvenes atrapados en contratos efímeros, pagando alquileres que devoran su sueldo y sosteniendo sus días entre cansancio y resignación. No buscan privilegios, sino la oportunidad de construir un futuro sin que la incertidumbre sea la norma.

El problema no se limita al paro juvenil o al precio de la vivienda: es un sistema rígido que bloquea oportunidades y frena la ambición. La burocracia, la precariedad y la falta de expectativas convierten cada avance en un esfuerzo desigual, castigando el talento y premiando la conformidad.

Si nada cambia, esta duda –tan presente en mi generación– se convertirá en instinto para quienes vienen detrás. La pregunta sigue ahí, inevitable: ¿Quedarse o huir?