Cartas al director
¿Derechos Humanos?
No pocas veces se enarbola el contenido de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas reunida en París el 10 de diciembre de 1948, para apelar contra cualquier actuación de política en tal o cual país, «considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». Unas hermosas palabras del inicio de la citada declaración.
Sin embargo, y por desgracia, las violaciones de estos derechos humanos son innumerables y no únicamente en el terreno político. Habría que hablar de verdaderos atentados contra personas físicas, o en temas familiares, educativos, sociales, religiosos… pero precisamente los políticos se desentienden culpablemente de estos aspectos e incluso los promueven con el pretexto injustificado del pluralismo. Es el pretexto e injustificado precio de su escalada política.
Y es que cada vez se está advirtiendo con más claridad que aquella Declaración Universal de Derechos Humanos carecía y sigue careciendo de unos cimientos sólidos: los fundamentos antropológicos y éticos de los derechos del hombre al que quiere defender y de ahí tanto desafuero.
El Papa San Juan Pablo II en un discurso a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede en enero de 1989 les hablaba de la inviolabilidad de la persona humana y de manera particular de la dimensión trascendente del hombre, la fe de los creyentes y su sentido moral; es ahí donde radica la fuente de su dignidad y de sus derechos: «la Iglesia está convencida de servir a la causa de los derechos del hombre cuando, fiel a su fe y a su misión, proclama que la dignidad de la persona se fundamenta en su cualidad de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios».