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Cartas al director

Hasta que los autónomos cabalguen

Fíjense si España va tan mal que el empleo, que tradicionalmente se veía como símbolo de cierta prosperidad –o al menos, como salvaguarda contra la pobreza–, ya no garantiza ni la una ni la otra. Antes bien, han convertido el trabajo en una cuestión de supervivencia para pagar deudas y facturas (y no todas, porque no siempre se llega). Y de todo esto –permítanme–, un autónomo español sabe bastante.

Hoy hay casi tres millones y medio de héroes —digo, autónomos— que crean riqueza en nuestro país. Que sostienen tanto en la teoría como en la práctica a los otros tres millones de empleados públicos. Y que (muchos) soportan de manera diaria el incremento del SMI sin compensaciones fiscales, la subida de las cotizaciones sociales, la presión fiscal efectiva (IRPF, IVA, módulos), el exceso de burocracia para contratar, la inseguridad jurídica laboral, los costes energéticos, la enorme dificultad que uno tiene para conciliar y estar con su familia… Con tantos obstáculos, unos tienen este tiempo de Cuaresma más cuesta arriba que otros.

La persecución es total: en los últimos siete años han desaparecido casi 40.000 autónomos que tenían trabajadores a su cargo. Con respecto a diciembre de 2024 (últimas cifras disponibles por el Ministerio de Trabajo), 7.971 autónomos empleadores han tenido que despedir a un compañero, a un amigo, a un familiar y quedarse solos en el negocio, o lo que es peor, cerrar. Condenados. Sin más.

Esto se sufre más cuando uno lo tiene cerca. Cuando uno lo tiene en casa. Cuando uno ve que la madre de sus hijos llega más tarde a casa porque, en fin, «esto es lo que tiene ser autónomo en España». Y suspira… Y yo digo: «¡Hasta que cabalguéis!».