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Cartas al director

Si Goya levantara el pincel

Muchos de los que admiramos la obra del genio de Fuendetodos sabemos que no se sentiría orgulloso del espectáculo cansino, chabacano y politizado que observamos la noche del pasado sábado. Quiero creer que todavía existimos cinéfilos que creemos en el buen cine de nuestra patria.

Cierto es que, cada vez más, algunos de estos nuevos artistas subvencionados nos dan motivos para apagar la televisión que todos pagamos, con sus soflamas, cargadas de una falsa moralina que cambia según sus intereses. Se puede criticar a Israel y a Estados Unidos, pero no al régimen de Irán, que amamantó a un señor que decía que compraba sus camisas en Continente y que se ha convertido, con el tiempo, en un burgués macarra de pacotilla.

U opinas como ellos o te cae el sanbenito que tanto les gusta articular, regodeándose en cada sílaba: «fascista». Jamás se había escuchado tanto esa palabra, empleada con tal ligereza que la deshumaniza y que, por desgracia, desautoriza a quien hace un estúpido uso de la misma. Mientras, los fachas de verdad se frotan las manos, ante la cantidad de ciudadanos que encuentran en los extremos (derecho e izquierdo) la forma de vencer estos mensajes pueriles y bobalicones que algunos de los intelectuales de ChatGPT gritan a los cuatro vientos con voces ridículas y engoladas. Adoro el cine de Coixet, de Buñuel, de Berlanga, de Cuerda, de Garci, de Camus, de Almodóvar, de Amenábar, de De La Iglesia, de Trueba, de Médem, o de Segura.

Jamás me he parado a pensar cuáles son sus ideologías, ni si me tomaría un café con algunos de ellos. Les admiro por su trabajo y por su capacidad para hacerme reír, llorar, admirar, temer o recapacitar. Todo lo demás me sobra.

Me imagino al maño universal dando garrotazos a diestro y siniestro a algunos de estos nuevos adalides del Séptimo Arte y sonrío, imaginando lo que el nuestro insigne sordo hubiera disfrutado.