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Cartas al director

El aborto

En los últimos años, el debate sobre el aborto ha vuelto a ocupar un lugar central en nuestra vida pública. Con frecuencia, se presenta como un conflicto de derechos entre la mujer gestante y el nasciturus. Sin embargo, antes de resolver ese supuesto antagonismo, conviene plantear una cuestión más profunda: ¿qué es el ser humano y en virtud de qué posee dignidad?

Mi reciente investigación académica ha querido aportar una reflexión antropológica a este debate. Inspirándome en Julián Marías y Emmanuel Lévinas, sostengo que el no nacido no puede reducirse a un proceso biológico ni a un mero «conjunto de células». Para Marías, cada ser humano es una «innovación radical de la realidad», alguien con una biografía por hacer. No es un «qué», sino un «quién». La vida humana no adquiere valor al desarrollar determinadas capacidades; lo posee desde su inicio por ser vida personal.

El conflicto entre el derecho de la mujer y el derecho a la vida del nasciturus suele plantearse como una confrontación inevitable. Pero si reconocemos que ambos son titulares de dignidad, el enfoque cambia: no se trata de que uno prevalezca sobre el otro, sino de buscar soluciones que protejan a ambos. Convertir la cuestión en una lógica de suma cero empobrece el análisis y polariza a la sociedad.

Por ello, resulta problemático pretender elevar el aborto a la categoría de derecho constitucional. Ningún ordenamiento que aspire a proteger la dignidad humana puede consagrar como derecho la eliminación deliberada de una vida inocente. La Constitución está llamada a garantizar derechos fundamentales, y el primero de ellos es el derecho a la vida.

Una sociedad verdaderamente justa no resuelve la vulnerabilidad eliminando al vulnerable, sino acompañando y sosteniendo a quien se encuentra en situación de dificultad. Defender al no nacido no es una imposición ideológica, sino una exigencia coherente con una comprensión integral de la dignidad humana y con una auténtica cultura del cuidado.