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Cartas al director

Reconciliados por el fútbol

Durante la Primera Guerra Mundial, en la Nochebuena y el día de Navidad de 1914, se declaró de forma espontánea una tregua entre los soldados de ambos bandos. Salieron de sus trincheras a saludarse, intercambiaron tabaco, comida y jugaron partidos de fútbol improvisados. Todo ello, como no, sin el consentimiento de los mandos, que prohibieron que esta confraternización se volviese a dar de nuevo durante la guerra.

Un milagro parecido, salvando obviamente las distancias con el contexto anterior, ha ocurrido en España tras la victoria de su selección en el mundial. Todos los españoles decidimos olvidar por una noche nuestros prejuicios y salimos de nuestras trincheras ideológicas a celebrarlo juntos. Todo lo que nos mantenía enfrentados en dos bandos irreconciliables se había desvanecido, por arte de magia.

Sucedió de un modo espontáneo, natural, nada forzado, demostrando que nuestros enfrentamientos son en gran medida impostados. Fue una explosión de libertad en que nos liberamos de todo aquello que nos encorseta, que nos ata. La pasión futbolera produce unos efectos muy parecidos a los del alcohol: Nos desinhibe y nos exalta.

Pasada la celebración del mundial, nos despertamos cada uno en nuestra trinchera, en la que nos tienen secuestrados los políticos, que son los únicos que sacan réditos de tal desgracia, porque cuanto más enfrentamiento haya entre nosotros, más imprescindibles se consideran.

Desvanecida la ilusión de la reconciliación navideña de 1914, volvieron las explosiones, el dolor, los gritos, la metralla.