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Cartas al director

El cinismo de Rodríguez Zapatero

«Nadie podrá decir que soy un delincuente hasta que no haya una sentencia judicial firme».

Muy buena frase y, además es, desde el punto de vista jurídico, exacto. En cualquier Estado de Derecho, nadie es «delincuente », hasta que, una vez celebrado el juicio oral, se practiquen las pruebas correspondientes, se dicte una sentencia y, ésta adquiera firmeza.

La firmeza, con santidad de cosa juzgada, formal y material, se puede dar por no recurrir las partes o, habiéndose recurrido, y agotado las vías de los recursos ordinarios y extraordinarios, llegando, incluso, si procediera a la Sala Penal del Tribunal Supremo, la condena se confirma.

Pero, aunque Rodríguez Zapatero, y cualquier otro ciudadano, no sea un delincuente con una ejecutoria abierta con cumplimiento de sus correspondientes penas, hasta la «firmeza », eso no significa que esté en una situación procesal en el «limbo». Este señor es un investigado por sendos delitos, los indicios de criminalidad son abrumadores, y sin explicación, como sus joyas de la corona, tan clamorosas su existencia cómo inexplicables su posesión. Así que tomar el pelo a los españoles, faltarles al respeto, en un medio de comunicación afín al gobierno socialista, con una verborrea incompatible con su situación procesal, me parece que califica moralmente al personaje . Y que está pésimamente asesorado. Es una estrategia falaz.

Parece ser que lo único que le duele es su «imagen » ante su propia peña. Zapatero es el espejo fiel donde puede contemplarse el socialismo de Pedro Sánchez, y lo sabe.

Lo que tendría que haber hecho es ir ya a declarar ante el magistrado instructor, y no en la televisión. Es un fantoche que no sólo demuestra su nula catadura moral sino que además alardea de un «referente » ya caducado con las fotos que están grabadas en las retinas colectivas de todos, independientemente de que seamos de izquierdas, de derechas o de todo lo contrario. Un espectáculo tan bochornoso como en lo que él mismo se ha convertido, inexorablemente, en protagonista. Presunto inocente, si, pero sin un peso ético que le apoye.