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Cartas al director

'We the People'

Tras independizarse de Gran Bretaña, los representantes de las trece colonias pasaron meses debatiendo cómo organizar la nueva nación. No fue un proceso sencillo: hubo desacuerdos, tensiones y concesiones. De aquellas deliberaciones surgieron la Constitución de 1787 y, poco después, la Carta de Derechos. Les obsesionaba una cuestión fundamental: evitar que la libertad recién conquistada derivara en una nueva forma de tiranía.

Los Padres Fundadores desconfiaban de la concentración de poder. Habían aprendido que incluso los líderes mejor intencionados pueden abusar de su autoridad cuando no existen límites efectivos. Por eso diseñaron un sistema de separación de poderes y contrapesos institucionales, los conocidos Checks and Balances. No confiaron en la virtud de los gobernantes, sino en la fortaleza de las reglas.

Resulta especialmente reveladora la figura de George Washington. Su renuncia voluntaria al poder y su falta de descendencia, generaron credibilidad y confianza. También advirtió de los riesgos de los partidos políticos, precisamente cuando comenzaban a perfilarse las grandes diferencias entre Hamilton y Jefferson. Temía que la lucha por el poder acabara anteponiéndose al interés general y dividiendo a la sociedad en beneficio de unos pocos. ¡Ay, si hoy levantara la cabeza de su tumba!

Las tres primeras palabras de la Constitución, «We the People», fueron revolucionarias. La legitimidad política dejaba de residir en una corona para descansar en los ciudadanos.

Más de dos siglos después, el reto sigue siendo el mismo: no se trata solo de ganar elecciones, sino de decidir para qué se ganan. Cuando conservar el poder se convierte en un fin en sí mismo, el éxito electoral puede transformarse en un fracaso colectivo.

Queda además una reflexión pendiente: los criterios de selección de quienes aspiran a dirigir un país. Cuesta explicar a nuestros hijos los filtros y exigencias necesarios para ser médico, juez o piloto de avión, frente a los que se requieren para dirigir un país.

Ojalá algunas de las mejores mentes de nuestra sociedad civil decidieran dar un paso al frente. Que fueran capaces de sentarse, debatir, ceder y construir un proyecto común para España, pensando más en lo que nos une que en lo que nos separa. Suena utópico en estos tiempos. Pero, al menos, déjenme soñar.