Cartas al director
Cosas que ocurren
No pienso hablar del eclipse. No, señor. Ni de la invasión bereber de la ciudad autónoma de Ceuta. Tampoco me explayaré sobre Lamine Yamal, dechado de virtudes y ejemplo para la juventud, y sus famosos huevos benedictinos. De las vacaciones en La Mareta del de la cara enyesada está todo dicho. Poco que contar acerca de las joyas de Zapatero, el ático de Ayuso, las gafas del optimismo que puso a la venta Barbón, la trompa de Eustaquio y la carabina de Ambrosio. Las hipotecas inversas… ¡bah!. Lejos de mi intención está el comentar la «revolución fecal» del Cámbrico de la que se ha hecho eco el periódico ABC y que viene a decirnos lo que ya se sabía: que estamos de mierda hasta las orejas.
En cambio hoy quiero hablar de ese tema que, sin duda, concita el consenso de la españolidad universal, ese consenso que nos niegan los políticos en las cuestiones de mayor enjundia y es el pedir peras al olmo de cada día. Me estoy refiriendo al problema de los mosquitos. Y es que, una vez metidos hasta los codos en este mes de agosto, aún no hay rastro de la presencia de los dípteros nematóceros, verdaderos ases del aire y tan ruidosos como David Azagra al piano. Aseguran los expertos que las temperaturas extremas que estamos padeciendo reducen su supervivencia. Preocupado por la perspectiva de no poder lucir las picaduras de cada verano, anoche aproveché la ocasión al encontrar a uno que se había colado en mi cuarto, quizá por error. La Batalla de Inglaterra. La Gran Cacería de Pavos de las Marianas. Trabé con él singular combate aéreo y no paré hasta que me picó en las manos, me las dejó como sendos guantes de boxeo y me procuró una satisfacción de veraneante hecho a sí mismo.
Solo me resta pasar veinticuatro horas sin escuchar a los turistas decir «las fabes con almejas» o «sidriña» para que me dejen de sangrar los oídos y me sienta, por fin, realizado y feliz. Como afirma el ministro Marlaska: «Son cosas que ocurren».